Ciencia y arte de la espera
- Cuba
- agosto 21, 2026
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En Cuba, este mes de agosto, la oposición espera que el desembarco de la Delta Force estadunidense anuncie el golpe definitivo al castrismo. El Gobierno de Washington, por su parte, espera que una insurrección masiva marque el principio del fin del régimen y le facilite la tarea. El presidente subalterno Díaz-Canel y su camarilla esperan que un revés electoral en los próximos comicios intermedios deje a Trump es una situación tan incómoda que el mandatario se vea obligado a modificar su estrategia hacia la Isla.
Todas esas esperanzas cruzadas acontecen en medio de un indescriptible amontonamiento de desechos y porquería, al que los vecinos dan candela de vez en cuando para tratar de reducir mediante el fuego el riesgo cierto de infecciones y epidemias.
La gestión de este complejo entramado de expectativas e inmundicia, ¿es arte o es ciencia?
Recuerdo la primera vez que visité una capital del África que los políticamente correctos llaman «subsahariana». Lo que atrajo mi atención de inmediato al bajar del avión fue el olor a humo y podredumbre que flotaba en el ambiente. Entonces pensé que tal vez hubiera ocurrido un incendio cerca de la ciudad y que algunos animales salvajes se habrían achicharrado en el siniestro. Pero en los días siguientes el mismo aroma y la misma neblina pútrida siguieron impregnando el aire y comprendí que esa atmósfera formaba parte inseparable del medio urbano. No parecía que a la gente que iba y venía ocupada en sus asuntos cotidianos le molestara aquella mezcla aromática y contaminante que les envolvía a toda hora.
Según los informes de prensa que llegan de las ciudades cubanas, algo similar ocurre hoy en la Isla. La basura se acumula en las calles, las autoridades son incapaces de asegurar su recogida y la gente incendia los desechos, con nocturnidad y espíritu justiciero. Las llamas iluminan el recital de cacerolas que resuena —un poquito— a modo de protesta mientras dura el apagón. Luego se restablece la electricidad —llega el alumbrón—, la indignación se apaga junto con las piras de inmundicia y la vida recupera su curso normal, si cabe hablar de normalidad en esas condiciones. En todo caso, puede decirse que Cuba vive hoy en un estado de normalidad subsahariana: mugre, oscuridad y resignación.
Últimamente el deterioro se ha acelerado, pero por el momento la esperanza de cambio es cuantitativa, no cualitativa, como decían los marxistas pedantes en los años sesenta. La unidad y lucha de contrarios se prolonga, sin que desemboque en la negación de la negación. Cosas de la dialéctica.
Mientras tanto, los síntomas de rebeldía son más bien modestos. «Un joven de 19 años fue arrestado en Santiago por protestar durante el apagón«, informaban los periódicos digitales en días pasados. Tras jornadas enteras sin corriente eléctrica ni agua potable, con poca comida y aún menos transporte, entre viviendas que se derrumban, escuelas en ruinas y hospitales insalubres, la Policía arresta a un joven que, según sus propias declaraciones, ni siquiera participó en las protestas, y esa detención alcanza la categoría de titular de prensa, sin duda por su carácter excepcional. Sin comentario.
Hace ya más de 30 años, Rafael Rojas escribió un ensayo titulado «El arte de la espera», incluido en el libro del mismo nombre [Colibrí, 1998]. En el texto, Rojas deslindaba la espera de la esperanza y señalaba que «los políticos cubanos […] hablan y actúan como si continuaran siendo aquellos mesías de la emancipación latinoamericana, que sedujeron al mundo en los años 60. Pero también los ciudadanos viven de la espera: aguardan un cambio, para ellos indiscernible, cuyos desconocidos efectos no siempre compensan o alivian su malestar diario».
Ahora, tras el naufragio del socialismo del siglo XXI y la captura de Maduro, la ecuación cubana se ha simplificado considerablemente.
El arte o la ciencia de la espera han experimentado un giro dialéctico, trufado con una veta de mugre que parecía inimaginable hace apenas un año. Pero, en realidad, esa mugre moral y material había venido acumulándose desde mucho antes.
La porquería que ahora invade las calles de Cuba no es más que la metáfora de la podredumbre que emergió de las cloacas de la nación en 1959. Esa ola de envidia y rencor se tradujo rápidamente en saqueos, balaceras, torturas y arrestos masivos, que pronto terminaban en ejecuciones sumarísimas. Porque las revoluciones también son eso: no solo teleología, propaganda y manipulación de las expectativas, sino además campos de concentración, éxodos masivos y tiros en la nuca. Cosas del socialismo científico.