Pocas veces ganan los buenos y todo el mundo odia a ‘Dubái’
- Cuba
- agosto 16, 2026
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Lunes 10 de agosto de 2026
Depresión es, María Esther, cuando te levantas y no tienes ganas de besar. Cuando te atenaza el alma la sensación de que la próxima generación dentro de la Isla, nuestros nietos, no conocerán el agua fría, el hielo, el durofrío, el granizado, el daiquirí, y la limonada frapé.
También, María Esther, amiguísima fugaz de un viaje en almendrón Centro Habana-Guanabacoa, depresión es cuando llevas casi dos meses sin poder leer o escuchar una noticia, con o sin vpn, aunque tu saldo de datos móviles, en un todavía despampanante Galaxy S10, alardee la prosaica bonificación de 62 gigabytes.
Ojo, María Esther, que depresión es cuando, pese a todo tu esfuerzo cerebral, no has podido perder la capacidad de asombro ante una ciudad de poquito más de un millón de habitantes, y del mundo occidental moderno, que una mañana despertó sin servicio de transporte público urbano. Sin una sola ruta de guagua. Ni una sola ruta. Ni una sola. Ni una.
No te olvides, carísima y trigueñísima María Esther de las almas extraviadas, que depresión es cuando luego de seis décadas y contando, la maestra Margarita deshoja en redes sociales la verdadera consecuencia de la Campaña de Alfabetización y de Antón Makarenko, entre botella de ron, tabaco habano, chicas por doquier, y bonche en casa de Juano.
En definitiva, María Esther, depresión es ese afiche que vimos juntos desde la ventanilla de ese Ford del 56 y que rezaba: «el Partido es inmortal». Además.
Martes 11 de agosto de 2026
Que los buenos ganen siempre a los malos. En un mundo normal, esta frase sería clasificada como puro maniqueísmo. Pero en Cuba, bajo un régimen de malos masacrando a buenos durante casi siete décadas, la discusión es otra. En tales meollos estaba implicada D. con un señor vestido de militar.
En buena lid, D. le estaba propinando una señorial paliza sobre conceptos y lógica de vida al señor vestido de militar, mientras aguardaba en la cola de una sucursal de Banco Metropolitano. Cada anciano en fila para hacer efectivas sus chequeras de jubilación —unos 150— estaba de parte de D. Todos asentían con sus lisas o encanecidas cabezas. Y con gestos de fastidio escoltaban las palabras del señor vestido de militar.
A todas luces, cada anciano relacionaba al señor vestido de militar, por el hecho de ser militar, con el conglomerado GAESA. Es decir, con quienes tienen hundido al país en pura miseria mientras engordan sus arcas particulares. La última frase de D. fue un sismo en la cola llenita de ancianos. Yo aposté por D. y por los ancianos.
Por vez primera en mucho tiempo, gracias a la pandilla de ancianos que secundaban a D., vi ganar a los buenos contra los malos, en medio de una ciudad que lleva más de 50 horas consecutivas a oscuras.
Miércoles 12 de agosto de 2026
«Los medicamentos no caducan, lo que caduca es la composición química», dice un mendigo que parece loco, al pasar junto a la cola de la farmacia. La duda de si es solo mendigo o mendigo y loco me recorre el espinazo. Pero no tengo tiempo para revalorar su apotegma porque la siguiente afirmación es más candelera que la anterior: «Perra no es un término despectivo, sino la apropiación indebida de un sustantivo».
La decisión de seguir al mendigo que parece loco para entablar una discusión es cancelda de cuajo por la luz verde del semáforo. Signo de que el fluido eléctrico fue restablecido en el barrio. Corro a casa con todo el optimismo del hemisferio occidental: quizá coincida la luz con el agua.
Antes de afrontar que mi optimismo era pura miscelánea seudofilosófica luego de tantas horas consecutivas de apagón, D. me llama mentando la madre al coro de las virtudes y las potestades. Ya comenzaron a racionar el servicio de gas licuado en horarios y por circuitos, me grita como si fuera yo el culpable de todo.
La intento calmar, o que deje de gritarme, al estilo del mendigo que parece loco: «la gran guerra patria…», pero D. cuelga, no sin antes maldecirme con un ojalá que te dure solo una hora la luz.
Y así es. 51 minutos exactos.
Jueves 13 de agosto de 2026
Ave María purísima o qué es un «terricolario» criollo. Pienso que la amiga de D., que busca un título para un cuento suyo, se refiere a un terrario. La amiga de D. no es escritora. Es una tunera que intenta no enloquecer ante una Habana —un país, le ratifico yo— que desapareció ante sus ojos.
No es tanto la debacle económica y política que campea por su respeto, o la inflación consecuente, o la represión o el copón divino. Es la evaporación de una ciudad —de un país, siempre ratifico yo— con todo lo que se supone contiene y sostiene a una ciudad.
Es difícil saber a ciencia cierta si la tunera quiere que su titular sea un juego de palabras entre terrícola y terrario para indicar que los cubanos en los últimos 67 años, hemos sido cultivados en un ecosistema recreado por el «comunismo a la cubana». Y es que la tunera no es escritora, sino una mujer que no deja de llorar y con toda la razón de su parte.
Recién se entera de que su madre tiene un cáncer bucal. Los resultados finales no han sido verificados porque está roto «el aparato» que procesa los análisis. Y mientras compra una caja de jugo natural de las de 1.500 pesos para mejorar la calidad de vida de su anciana madre, queda atrapada en el fuego cruzado de una bronca tumultuaria.
Sus lesiones físicas no son graves. Grave es el hecho de perder cartera, dinero, teléfono celular, jugo y paz mental.
Viernes 14 de agosto de 2026
Lo apodamos «Dubái». Los precios de este revendedor son para la cima de la cadena alimenticia. Supera con creces a todos los revendedores de Los Sitios juntos. Es un crack. El puto amo. A la velocidad de la luz, pasó de ser un perfectísimo desconocido a convertirse en la referencia centrohabanera. Todo un esquema.
El grupo etario de señoras que superan los 60 años de edad lo odia a muerte.
De no ser por esa mesita sin mantel, carcomida por el comején y siempre a la sombra, Dubái no sería nada. Ni nadie. El tipo manipula (o maneja) los precios con la elegancia de un corredor de bolsa en Wall Street. Con la parsimonia y exquisitez de un asesino serial en las afueras de Londres.
Dubái no es originario de Los Sitios. Lo trajo una santaclareña que luego le pegó los tarros y lo dejó ahí, como un medio básico comunitario de garantía infinita. Los niños de la cuadra le pasan por al lado como si no existiera. Uno no sabe si lo esquivan por su aspecto huraño o por la tiranía de sus precios.
Y es que lo niños entienden la matemática pura, la aritmética potable, y no el vaivén especulativo e inflacionario de Dubái.
«Me vengaré de él», me dijo una vez Omarito, que fuma una marca de cigarrillos que solo revende Dubái.