En vísperas del naufragio

En vísperas del naufragio

  • Cuba
  • mayo 28, 2026
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El castrismo ha llegado al final de su trayectoria histórica. Ocurra lo que ocurra en las próximas semanas, es poco probable que el régimen sobreviva al verano de 2026 sin operar cambios fundamentales en su configuración actual. El estío que viene marcará el clímax de los alumbrones, la falta de agua, de comida y de medicamentos, los autobuses paralizados, el colapso de los hospitales, las escuelas vacías y las epidemias a tutiplén. Serán meses de ardiente oscuridad, solo iluminada por las piras de basura y la intermitencia de los faros de la Policía. Un verano que liquidará, por fin, el mito de la Revolución Cubana, esa entelequia.

Ese mito ha ocupado —nunca mejor dicho— más de siete décadas de la vida pública, tanto en la Isla como en varios países del mundo. No parece exagerado afirmar que, en su apogeo, el régimen cubano llegó a ser una poderosa leyenda para la izquierda y buena parte de la derecha internacional.

Quizá este punto final sea el momento apropiado para indagar por el origen, la evolución y la extinción del mito castrista, con la mirada puesta en el futuro.

Hasta el 3 de enero de este año, cuando se produjo en Caracas la captura de la pareja Nicolás Maduro-Cilia Flores, esa dimensión legendaria se fundamentó en tres pilares: la ignorancia general sobre la historia de Cuba desde la independencia hasta el advenimiento de la revolución de 1959, la eficacia de la propaganda soviética en la segunda mitad del siglo XX y el antiyanquismo furibundo que predominó en ese periodo.

Tras la proclamación de la República en 1902, Cuba figuró muy poco en los titulares de la prensa internacional. Hubo algunos sucesos políticos en 1933 y 1940 que atrajeron la atención de unos pocos lectores curiosos. Se reseñaron varios triunfos deportivos y se elogiaron los nuevos ritmos musicales que inundaban las pistas de baile de Europa y América del Norte. En la prensa especializada se consignaban los precios del azúcar que oscilaban en el mercado mundial.  Pero más allá de los golpes palaciegos, el mambo y el azúcar, la extraordinaria evolución económica, social y cultural de la Isla pasó mayormente inadvertida durante más de medio siglo.

Cuba, que en 1898 era una colonia devastada por la guerra, con una población empobrecida y diezmada por las epidemias, un Estado inexistente y una economía atrasada, se había convertido 60 años después en una sociedad próspera y dinámica, que exhibía un grado notable de desarrollo social y cultural. Si la manía recurrente de sus elites no hubiera sido la de compararse constantemente con Nueva York, Londres y París, quizá se hubiera apreciado mejor la magnitud de ese salto cualitativo, alcanzado en un contexto de guerras mundiales, depresión económica y ausencia de mecanismos internacionales de cooperación.

Pero esa historia de éxitos en diversos ámbitos de la vida republicana contrastaba con una estela de fracasos de orden político. La mística de una revolución inconclusa, que surgió a mediados del siglo XIX, propició la reiteración de insurrecciones, golpes de Estado y algaradas que fragilizaron gravemente la vida pública del país. La nación cubana nació y creció bajo el signo de la revolución y a ojos de la mayoría de los cubanos, el culpable de que esa revolución no alcanzara su plena realización fue, desde el primer momento, el Gobierno de EEUU.

Esa secuencia de revoluciones frustradas bajo la presión de un deus ex machina imperialista cambió súbitamente a finales del decenio de 1950. Varios grupos guerrilleros mal armados, que apenas alcanzaban el millar de efectivos, lograron derrotar milagrosamente a los 50.000 soldados de la República que Batista y sus aliados habían secuestrado en 1952. El jefe del grupo principal, un abogado bisoño y logorreico de 33 años, se convirtió en el nuevo amo del país. Y el triunfo de la insurrección permitió que el Estado revolucionario, en nombre de la justicia social, arrasara con la economía, la sociedad y la cultura forjadas en el medio siglo precedente. Nunca había sido tan poderosa la ilusión de la tabula rasa, de que era posible comenzar de cero, abolir el pretérito y reinaugurar la Historia.  

La ignorancia general sobre la realidad de la Isla facilitó desde el principio la labor publicitaria del régimen, cuya eficacia pronto se vio reforzada por el aparato propagandístico soviético. Así, el Gobierno castrista pudo presentar al mundo la imagen de un país miserable, donde reinaban los latifundios, el desempleo, el analfabetismo y las epidemias, y unos pocos capitalistas cipayos medraban gracias a su vinculación con los monopolios yanquis, mientras la gran mayoría de la población sobrevivía en condiciones de hambre, ignorancia y falta de atención médica.

La Revolución había llegado —por fin— para erradicar todas esas lacras y devolver al pueblo la dignidad, la libertad y la esperanza.  

El relato de la insurrección redentora motivada por la miseria y el impetuoso desarrollo socialista amenazado por el bloqueo del imperialismo yanqui, apuntaló la imagen del David pobre y nacionalista que luchaba contra el Goliat revanchista y codicioso.    

Pero difícilmente ese relato maniqueo habría prosperado con tanta facilidad de no haber existido el contexto de antiyanquismo generalizado que predominó en la segunda mitad del siglo XX. Fue la era del socialismo triunfante, sobre todo en el Tercer Mundo, donde docenas de revoluciones abatieron a regímenes de todo tipo para imponer sistemas más o menos calcados del modelo soviético de partido único, economía estatizada y sociedad estabulada. «El presente es de lucha, pero el futuro es nuestro», proclamaban jubilosas las fuerzas de izquierda, a lo que asentían genuflexos no pocos colaboracionistas de derechas. Socialdemócratas, democristianos, curas partidarios de la Teología de la Liberación e incluso liberales morigerados acudieron en masa a La Habana para constatar los asombrosos «logros» del comunismo cubano.

Hasta que, de pronto, el futuro dio un giro inesperado: el bloque comunista se derrumbó en 1989 y, dos años después, la Unión Soviética pasó a mejor vida. China y Vietnam adoptaron el capitalismo sin renunciar al modelo de Estado leninista. Cuba y Corea del Norte quedaron huérfanas de los subsidios que durante medio siglo les habían permitido maquillar su incompetencia. La «aldea Potemkin» se había evaporado. Aunque en el caso de Cuba, la aparición providencial de Hugo Chávez hizo posible la supervivencia del modelo de economía dependiente durante 30 años más.

Ahora, transcurridos siete decenios de la apoteosis revolucionaria de 1959, buena parte de la opinión pública mundial empieza a descubrir la naturaleza real del régimen cubano y el resultado de sus políticas: hambre, pobreza, represión y despoblamiento.

Los mismos (o casi) que en 1959 habían hecho caso omiso de los paredones de fusilamiento, la destrucción de las instituciones republicanas, la supresión de derechos y libertades, las confiscaciones y la imposición de un aparato de vigilancia y opresión, reconocen ya la índole mafiosa del sistema implantado por los hermanos Castro y sus secuaces.

En esta coyuntura de cambios inminentes, ¿logrará la nación cubana —la mayoría que malvive en la Isla y la minoría que la alimenta desde el exilio— superar el mito revolucionario y el conflicto secular con EEUU?  

Cuando en 1959 triunfó la enésima revolución de su historia, muchísimos cubanos y buena parte del mundo cayeron en el error de creer que, como la vida política anterior había sido una sucesión de fracasos, la economía, la sociedad y la cultura también habían fracasado durante la República. En aras del rigor histórico y la salud democrática, sería apropiado enmendar esa leyenda. Basta mirar la realidad nacional de hoy y compararla con las imágenes del país que nuestros padres y abuelos forjaron entre 1902 y 1959.

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