Dictadura participa en funeral de Ali Jamenei, líder supremo de Irán

Dictadura participa en funeral de Ali Jamenei, líder supremo de Irán

Una delegación del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo participó en las ceremonias fúnebres oficiales celebradas en Teherán en homenaje al líder supremo de Irán, el ayatolá Seyed Alí Jameneí, eliminado vía ataque aéreo en los primeros momentos de la guerra entre ese país, Israel y Estados Unidos.

El acto tuvo lugar el viernes, 3 de julio, con el co-canciller Valdrack Jaentschke reafirmando la estrecha alianza política entre ambos regímenes autoritarios, ampliamente señalados por organismos internacionales por graves violaciones a los derechos humanos.

También tomó parte la alcaldesa de Managua, Reyna Rueda, obligada a portar un hijab por las normas de modestia del régimen iraní; y el embajador de Nicaragua en Irán, Ramón Moncada, hermano del otro co-canciller sandinista, Denis Moncada.

Los funcionarios acudieron a la Gran Mosalá de Teherán para presentar sus respetos durante las exequias oficiales organizadas por las autoridades iraníes. La inhumación de los restos del fallecido ayatolá tendrá lugar el 9 de julio en Mashhad, ciudad sagrada para el Islam chiíta, en el noreste de Irán, de donde Jameneí era originario.

El sucesor de Jameneí, su hijo, el III Líder Supremo de IránMojtaba Jameneí, no estuvo presente, pues había resultado herido de gravedad en el mismo ataque que acabó con la vida de su padre.

Desde entonces, no ha realizado ninguna aparición pública, no ha habido mensajes de video ni de voz, y existen sospechas de que pudiera estar completamente incapacitado o incluso muerto en realidad. Sus únicas comunicaciones han sido por texto, relegadas a través de funcionarios del régimen iraní y no verificadas de forma independiente.

Dictaduras hermanadas por la sangre

Según la información divulgada por el oficialismo, la presencia de la delegación tuvo como propósito expresar solidaridad con el régimen teocrático iraní y ratificar los vínculos políticos y diplomáticos entre Managua y Teherán, ambas dictaduras objeto de fuertes condenas internacionales por la represión sistemática de la disidencia en sus países.

Contra Irán, en concreto, las acusaciones son severas: ejecuciones masivas, persecución contra mujeres y minorías étnicas y religiosas, así como por el uso de la pena de muerte como instrumento de control político.

La Misión Internacional Independiente de Investigación sobre Irán, creada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, concluyó este año que las autoridades iraníes continúan cometiendo violaciones “graves y sistemáticas” de los derechos humanos.

En el más reciente ciclo de protestas entre 2025 y 2026, el Cuerpo de la Guardia Islámica Revolucionario desató una represión salvaje que dejó más de 30 mil muertos. Los organismos internacionales mantienen además sus críticas por la aplicación obligatoria de leyes misóginas, como las que obligan a llevar el velo, a pesar de algunas cesiones de parte del régimen.

Las autoridades iraníes, al igual que la dictadura sandinista, también han intensificado la persecución contra periodistas, abogados, defensores de derechos humanos y familiares de víctimas de la represión, según informes recientes de Naciones Unidas y organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

Nicaragua mantiene cercanía con Teherán

El régimen de Ortega y Murillo, por su parte, ha fortalecido sus relaciones con Irán durante los últimos años, en paralelo a su acercamiento con Rusia, China, Corea del Norte y otros gobiernos autoritarios.

Ambos regímenes, el sandinista en Nicaragua y el islamico en Irán, se consideraron hermanos desde sus orígenes, a pesar de sus diferencias ideológicas, pues las revoluciones que llevaron a ambos regímenes al poder se dieron en 1979 contra gobiernos con lazos históricos con Estados Unidos.

La cooperación entre Managua y Teherán ha incluido acuerdos en materia económica, energética, sanitaria y de infraestructura, así como un respaldo político mutuo en foros internacionales. Pero más allá de las declaraciones, esta relación no se ha materializado de forma tangible en la vida diaria de los nicaragüenses.

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