‘Me voy a morir justo aquí, en este pedazo de contén’
- Cuba
- septiembre 13, 2026
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Lunes 7 de septiembre de 2026
Entre fiebre, dolores de cabeza y malestares estomacales —la tríada del andancio que arrasa en las barriadas— los habaneros intentan ceñirse a su sobrevida y a la vez dilucidar los movimientos del tablero político nacional.
Las claves no discurren a través de los movimientos de portaaviones norteamericanos en el oriente de la Isla, sino tras los acertijos y las premoniciones que se comparten de balcón a balcón. De solar a solar. De triciclo a triciclo.
Durante la última semana el 93 se entroniza como número insigne en cualquier cábala que recogen los apuntadores. Los significados que conjuga —»revolución»; «extranjero»; «general»; «libertad»; «traición»— se revelan como los destinos de un país gobernado por los precios del mercado negro. Más que ganarse un parlé en la bolita, tras la camancola de los números se cifra la esperanza que todos callan, pero desean.
«Sigue vivo», es la frase que activa el diálogo entre seis personas embutidas en la lentitud de un triciclo que cubre la ruta entre Centro Habana y Cerro. Luego de recelar si el General del televisor era el mismo general que suponen que yacía en coma e intubado, la única adolescente entre los viajeros aventura una conjetura que provoca carcajadas: «podría ser un programa de televisión grabado con inteligencia artificial».
Martes 8 de diciembre de 2026
En La Habana hay más basureros que rencores.
Por cada cinco canciones que escuchas, cuatro cantautores no viven en la Isla. Nadie acierta quién fue el último poeta censurado o publicado. Por cada doce personas que te cruzas, once requieren atención psicológica. Pocos recuerdan la última vez que cimbraron de hollejos de mandarina, a despecho del presidente del CDR, los portales de la cuadra.
En La Habana se extraña el humo contaminante de las chimeneas de Suchel, Antillana de Acero, La Estrella.
El señor que cuenta una y otra vez su vuelto, deteniendo la cola de un pan que no merece ese nombre, me mira tres segundos, directo a los ojos: «ni la muerte es verdad aquí; no quiero vivir para rememorar anécdotas que no traerán sosiego ni risas».
No tengo certeza si la frase es toda del señor que cuenta el vuelto, o si es mi obsesión por escuchar entre notas y por leer entrelíneas. D. tampoco me ayuda a dilucidar qué podría ser mejor: si comprar mejor pan, pero menos cantidad, o este innombrable que sin dudas terminará convertido en tostadas.
Escucho una voz que con desgano indaga por el último de la cola. Me volteo. Todos los rostros reflejan el debate de no tener dinero para más, y encadenarse a las tostadas.
Miércoles 9 de septiembre de 2026
Un vecino —que puede ser el de cualquier insular— invierte más verbos, sustantivos y adjetivos para cuestionar a un disidente, que aquellos otros que utiliza para sermonear al Partido Comunista.
Sin embargo, D. me impugna el hecho de que aquí, en las bitácoras, se resaltan más los desaciertos del insular de a pie, que la focalización de los desmanes que comete el régimen a su santísima discreción. Le recuerdo a D., a riesgo de pernoctar yo en el sofá hasta que ella lo decida, que la verdad no se dice con permiso, ni con la venia de nuestros pares mediante. Ni de nuestros impares tampoco.
En todo camino que se emprende para deponer a una tiranía, se corre el riesgo de gestar a otro tirano. La historia y las series de televisión apilan casos y ejemplos al respecto; se proyecta la madre de D.
No sé cómo asumir dicha intromisión, en medio de una cola para comprar un arroz 150 pesos más barato que en cualquier quiosco o establecimiento de reventa. Lo mágico de este arroz en rebaja —en un país donde «rebaja» es sinónimo absoluto de «caducidad»— es que se vende en el portal de una casa particular.
Nadie, incluyendo a D., a su madre y a mí, se hace pregunta alguna en una cola que va creciendo a segundos. Arroz 150 pesos más barato, es todo lo que se debe saber y comprar. Las preguntas raras que las haga Juventud Rebelde, me advierte D. con un cinismo que prefiero obviar en favor de dormir en la cama.
Jueves 10 de septiembre de 2026
Hurgo entre las imágenes de un disco duro viejísimo. De ese tipo de artefacto que nos deja la sensación de que han pasado cien años. Es tanto lo que en este minuto no tenemos —que nos negaron, prohibieron, robaron—, y las fotografías, al igual que las balas, nunca mienten.
Caminar un país que desaparece a tu paso, da igual si a través de fotografías, es un acto agrio. Te cuestionas sobre cuánta responsabilidad asumen esas generaciones que cometieron silencio. El silencio que les devolvió, como retribución, una chequera y una cola interminable ante un banco sin efectivo.
«Me voy a morir justo aquí, en este pedazo de contén, a la espera de mi turno», me dice la señora ochentona que dice llamarse Berenice. Frente a esta sucursal, en la intersección de las avenidas Ayestarán y 20 de Mayo, en el parque se erige una estatua que, según mi abuela, es una alegoría a los conquistadores del fuego.
Le pregunto a Berenice si me acepta la invitación a una merienda. Luego, sentarnos en ese parque, corroborar si la estatua es ciertamente una alegoría a tamaña proeza y, por último, indagar si sus padres le pusieron su nombre por homenaje al cuento de Poe.
«Pensé que me ibas a pedir que fuera tu novia. Te hubiera dicho que sí». Nuestras carcajadas, al igual que las fotografías y las balas, no mienten.
Viernes 11 de septiembre de 2026
Los viernes, definitivamente, se convirtieron en un día fastidioso. Una sensación primitiva te recorre el alma sin que logres identificar sus resortes. El cuerpo sabe que es viernes, pero otra cosa piensa tu bolsillo obrero. El concepto «fin de semana» es casi una distopía. Ni la libido se atreve a asomarse.
Entre el alboroto de los niños, adueñándose de la calle esquivando motorinas y bicitaxis, dos familias contienden sobre la sustitución del queso por leche en polvo para preparar recetas de pastas.
Los precios del queso gouda amenazan con la extinción de platos como los espaguetis, coditos o macarrones, argumenta, con otras palabras, la primera familia. Desde la acera opuesta, la segunda familia saca cálculos sobre el costo y rendimiento de un kilo de leche en polvo versus un kilo de queso. Pero sin ceder en que la leche en polvo llegue a ser un sucedáneo del queso en la cultura culinaria italiana.
Tras el incremento del volumen de voz, los ánimos se caldean y comienzan a airearse los trapos sucios de antaño. El alboroto de los niños, junto al tránsito de motorinas y bicitaxis, pasa a cámara lenta. Todos expectantes a la bronca que se avecina.
Cierro los ojos, e imagino al revendedor Dubái subiendo el precio de la leche en polvo a niveles que ni las matemáticas podrían contener.