La disidencia que no se ve: por primera vez, una encuesta mide cuánto oculta el miedo en Cuba
- Cuba
- agosto 13, 2026
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No es la primera vez que una investigación sobre Cuba concluye que existe una brecha entre lo que los ciudadanos piensan en privado y lo que se atreven a expresar en público. En los regímenes autoritarios, este fenómeno —conocido en la literatura académica como falsificación de preferencias— hace que la oposición visible sea solo una parte del verdadero descontento social.
La tercera encuesta de DIARIO DE CUBA, aplicada por Cubadata a 2.214 cubanos conectados a internet en todo el país, va un paso más allá. En lugar de limitarse a constatar esa brecha entre lo que se piensa y lo que se expresa, intenta responder tres preguntas: cuánta disidencia permanece oculta, cómo se distribuye entre distintos grupos de la población y qué factores explican ese silencio.
Medir lo que normalmente no se puede medir
La principal dificultad para estudiar la opinión pública en Cuba es que muchas personas prefieren no responder o moderan sus opiniones por temor a sufrir represalias.
Por ello, el Foco Cuba: Opinión, autocensura y acción cívica incorporó varias herramientas metodológicas para estimar ese fenómeno. Entre ellas, ofreció la posibilidad de no responder a las preguntas más sensibles y comparó respuestas obtenidas mediante preguntas directas, neutrales e indirectas, estas últimas diseñadas para aumentar la sensación de seguridad del entrevistado.
Los resultados muestran que la autocensura tiene un peso considerable. El 58,9% de los participantes admite que evita expresar opiniones políticas casi siempre y el 61,9% reconoce sentir miedo a sufrir consecuencias para sí mismo o para su familia.
Ese temor también se refleja en preguntas sobre instituciones clave del sistema político. Alrededor del 37% prefirió no responder cuando se le preguntó por el partido único y cerca del 28% guardó silencio sobre la Seguridad del Estado.
Para el experto en análisis estadístico Arístides A. Vara Horna, «esas abstenciones no deben interpretarse como respaldo al régimen, sino como parte del propio fenómeno que el estudio pretende medir: personas que prefieren callar antes que asumir cualquier riesgo».
[ACCEDE AQUÍ A LOS RESULTADOS COMPLETOS DE LA ENCUESTA 1, LA ENCUESTA 2 Y LA ENCUESTA 3 DE DIARIO DE CUBA, REALIZADAS POR CUBADATA]
Los más silenciosos no son los menos críticos
Uno de los hallazgos más relevantes es que la autocensura no se distribuye de manera uniforme.
El informe muestra que la represión política y el miedo a expresarse aparecen entre los principales problemas del país para un 30,1% de los encuestados, por detrás de la crisis económica y la escasez de bienes básicos (49,0%) y del inmovilismo gubernamental (44,3%). En paralelo, cuando se pregunta por el mayor obstáculo para convertir el malestar en acción organizada, el 19,9% señala el miedo a la represión, frente a apenas un 1,6% que considera que «no hay suficiente inconformidad».
En el caso del oriente cubano, el denominado «costo de la voz» —el riesgo percibido de expresar opiniones políticas— llega a ser tres veces mayor que en otras regiones de la Isla, y esta dimensión no es marginal en la muestra: casi la mitad de los participantes reside en provincias orientales como Las Tunas, Holguín, Granma, Santiago de Cuba o Guantánamo, que en conjunto concentran en torno al 45,3% del panel de 2.214 personas.
Sin embargo, cuando esas personas responden mediante mecanismos que ofrecen mayor protección, sus preferencias políticas son muy similares a las del resto de los consultados. La propia encuesta muestra que, si las personas pudieran responder sin miedo, una mayoría considera que aumentaría la crítica al sistema: el 26,5% cree que «aumentará algo» y el 30,5% que «aumentará mucho», mientras apenas un 12,5% de los participantes piensa que «cambiará poco» lo que se dice hoy. Es decir, callan más, pero no apoyan más al sistema.
«El costo de hablar está estratificado por raza y región», explica Vara Horna. «El impacto de la escasez sobre el silencio se triplica en el oriente del país».
Según el investigador, algo parecido ocurre con la población afrodescendiente, que recurre con mayor frecuencia a no responder preguntas políticas porque enfrenta mayores riesgos y desventajas materiales. En tal sentido, considera que «la oposición no puede usar estrategias homogéneas; necesita enfoques diferenciados para los sectores más vulnerables«.
Vara Horna considera que este resultado desmonta una interpretación frecuente según la cual las zonas donde existen menos manifestaciones públicas serían también las más afines al régimen. Lo que reflejan los datos es otra realidad: en esos territorios el miedo pesa más que la conformidad. De hecho, cuando se pregunta por las razones para no participar más activamente en acciones cívicas o políticas, el 12,5% menciona el miedo a consecuencias personales y el 15,1% el miedo a afectar a su familia, cifras que se sitúan por encima de quienes dicen que «no están interesados» (11,0%) o que ya participan «en la medida que pueden» (7,9%).
El hambre también alimenta el silencio
La investigación concluye que la represión no explica por sí sola la falsificación de preferencias.
La precariedad material también desempeña un papel decisivo. Cuando se pide identificar los principales problemas de Cuba, la crisis económica y la escasez de bienes básicos, así como la falta de libertades civiles y políticas, encabezan la lista, con un 49,0% de menciones; la ineficiencia e inmovilismo del Gobierno (44,3%) y la corrupción institucional (36,4%). Al mismo tiempo, un 22,1% considera que el mayor riesgo de una transición sería perder salud, educación o protección social, y un 24,1% prioriza el «bienestar económico inmediato» como principio que debe preservarse en cualquier cambio.
En otras palabras, el miedo y la escasez actúan de forma conjunta. Quien teme perder un empleo, una ayuda estatal o exponerse a represalias dispone de menos margen para expresar su inconformidad. Esa combinación también aparece en las barreras prácticas detectadas por el estudio: el 17,4% menciona la falta de tiempo o recursos como principal razón para implicarse menos y el 14% afirma que «no cree que sirva de algo», un dato que vincula la precariedad cotidiana con el desaliento político.
Para Vara Horna, el desafío no consiste solo en denunciar la represión, sino en reducir el costo percibido de participar. «Para que el descontento privado se transforme en acciones contundentes, la oposición debe intervenir sobre las variables del miedo y la falta de confianza en los liderazgos internos«, sostiene.
Al mismo tiempo, el estudio observa una paradoja: esas mismas privaciones incrementan la disposición a participar en acciones cívicas si existieran condiciones seguras para hacerlo. Cuando se plantea qué harían «si pudieran actuar de manera segura», el 50,6% declara que compartiría información verificada en redes o mensajería, el 48,5% participaría en encuestas anónimas y el 36,3% hablaría del tema con familiares o amigos, mientras solo un 8,7% asegura que no realizaría ninguna acción.
Más allá de las protestas visibles
Las conclusiones también ayudan a interpretar las manifestaciones que se producen en Cuba.
«Las protestas visibles no representan el tamaño real del descontento social, sino únicamente la parte que consigue superar los elevados costos de participar públicamente», explica Vara Horna. En su entorno cercano, el 26,5% de los encuestados considera que «una mayoría» evita expresar lo que realmente piensa sobre política por miedo a las consecuencias, y el 17,9% cree que «casi todos» lo hacen; en conjunto, más del 44% describe un entorno donde prevalece el silencio por temor.
«La disidencia observable constituye un piso, no un techo», sostiene el analista. En su opinión, la oposición que llega a hacerse visible subestima el verdadero alcance del rechazo al sistema, porque una parte importante permanece oculta detrás de la autocensura. Esta lectura se refuerza cuando se pregunta qué ocurriría si existiera un canal seguro para expresarse: el 26,5% piensa que aumentaría algo la crítica al sistema y el 30,5% que aumentaría mucho, mientras un 20,8% anticipa la aparición de posiciones más diversas, no solo críticas.
En opinión de Vara Horna, «visibilizar que el miedo es generalizado ayuda a disolver el aislamiento individual que el régimen administra«. Explica que «cuando los ciudadanos descubren que otros comparten sus mismas reservas y temores, el silencio deja de percibirse como una señal de conformidad y pasa a entenderse como una consecuencia de la represión».
Las movilizaciones, los cacerolazos y otras expresiones públicas no reflejan por sí solos la magnitud del malestar existente en la sociedad cubana, sino únicamente la parte que consigue superar el miedo. El resto permanece contenido por un equilibrio en el que el riesgo percibido —que un 19,9% identifica como el principal obstáculo para organizarse— pesa más que la resignación. Para Vara Horna, esa disidencia latente constituye el verdadero alcance del descontento en Cuba y solo emergerá cuando existan condiciones mínimas de seguridad para expresarse.