‘Este gobierno es satánico’: un cubano detenido por protestar contra los apagones cuenta su calvario
- Cuba
- septiembre 9, 2026
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El arresto selectivo de cubanos que presuntamente convocan a toques de calderos, quema de basura y cortes del tráfico vehicular en sus barrios busca reducir ese tipo de protestas, que se ha expandido por toda la Isla. DIARIO DE CUBA pudo recoger el testimonio de uno de estos detenidos, liberado tras permanecer tres meses de reclusión.
Ernesto (nombre cambiado para proteger su identidad), recuperó su libertad luego de pasar por distintas unidades policiales y establecimientos penitenciarios de La Habana. Su abogado logró un cambio de medida cautelar, de prisión provisional a fianza en efectivo, que le permite esperar en la calle el juicio oral por presunto «desorden público».
«Me detuvieron engañado porque me citó el jefe de sector para la unidad de la Policía diciéndome que era para una entrevista», explica Ernesto, quien no quiere revelar su verdadera identidad por temor a empeorar su situación. «Una vez en la unidad, me dejaron detenido bajo la acusación de ‘desorden público’. La instructora me leyó el documento donde el jefe de sector me acusaba de dirigir los toques de calderos en mi cuadra y de quemar basura, y decía que yo incitaba a los vecinos a protestar contra los apagones y la falta de agua«.
«Soy un hombre religioso, y cuando esto me sucedió me encontraba realizando estudios bíblicos, por lo que, para no volverme loco, tuve que aplicar los conocimientos recibidos y olvidarme de mí y de mi desesperada situación para dedicarme a socorrer a mis hermanos, sobre todo desarrollando el don que Dios me concedió para auxiliar a los adictos«, relata Ernesto.
«En la unidad estuve recluido dos semanas. Las celdas estaban llenas de detenidos por diversas causas, pero la mayoría por tocar calderos, quemar basura y contenedores de basura«, detalla Ernesto. «Comencé a leer la palabra de Dios y a entonar cánticos sobre todo en las largas noches de apagones. Una noche, para mi sorpresa, uno de los policías calaboceros me permitió sacar a todos los detenidos para el pasillo común y dirigir un culto religioso. Allí había detenidos de todas las creencias religiosas, incluso de religiones africanas, pero todos nos unimos por el dolor y fuimos muy respetuosos unos con los otros. Lo importante era sostenernos entre todos en medio de la adversidad. Incluso el calabocero participó con nosotros», añade.
Ernesto permaneció luego dos semanas en la prisión conocida como Vivac, un centro de procesamiento ubicado en Boyeros donde asegura lo pasó «muy mal». Más tarde fue trasladado a la cárcel Valle Grande, a donde las autoridades envían a reclusos pendientes de juicio y del resultado de apelaciones.
«Al principio me ubicaron en el destacamento de ‘pendientes’; luego me llevaron a otro. Nunca había estado preso y todo fue muy duro«, señala Ernesto. «Valle Grande es el infierno en la tierra. Más o menos cada 15 días, o a veces por semana, se ahorcaba un preso. Yo mismo vi a un preso que se ahorcó por la noche», asegura. Allí «hay mucha gente conflictiva y mala de verdad».
«Como yo tenía certificado psiquiátrico, me comenzó a atender la psicóloga con grados de mayor del Ministerio del Interior, que se portó muy bien conmigo y quiso trasladarme a la barraca, que era el destacamento de mejores condiciones en la prisión, pero el jefe del penal denegó mi traslado, alegando que había órdenes de severidad contra los que pegaban candela a los contenedores de basura en las calles», agrega el procesado. «Por esto tuve que quedarme en el destacamento, sin alcanzar literas y dormir en el piso en un colchoncito, atrás, cerca de los baños».
«Allí había de todos los bichos, piojos, chinches, santanicas y otros. La comida era un caldo aguado con chopos picantes. Se comía lo que llevaban los familiares en las jabas. Los apagones en todas las prisiones por las que pasé eran constantes. Solamente eran tres horas de electricidad, con la diferencia de que en Valle Grande ponían por la noche la planta sobre una hora u hora y media para hacer el recuento de los presos. Pero en general, permanecíamos siempre en la oscuridad, porque lo único que había para iluminarnos era un bombillo recargable en el pasillo, que a veces se lo llevaban para otro pasillo», describe Ernesto.
«Una de las cosas que más me afectó en la prisión fue el tema de la falta de agua. Cuando llegué estuve tres días sin agua ni para tomar, hasta que conseguí una cubeta para poder almacenar la poquita agua que venía a la llave por un tiempo que no llegaba a una hora», recuerda.
«Los primeros días fueron los más difíciles, pero poco a poco me adapté y fui conversando sobre todo con los adictos, llevándoles la palabra de Dios y un mensaje de esperanza. Logré convertir a Cristo a varios adictos que quieren cambiar sus vidas. Hicimos un grupo de oración, y las 4:30 de la madrugada nos levantábamos, nos íbamos para el baño y allí, bajito, entonábamos las alabanzas a Dios para recibir el día y fortalecernos en la fe», añade.
«Cuando me llegó la noticia de que me aceptaban la fianza luego de varios recursos presentados por el abogado, tuve sentimientos encontrados. Por una parte, sentí gran alegría por regresar a mi casa a disfrutar de mi familia, mi mujer y mis hijos, pero por otro lado sentí una enorme tristeza por abandonar a los hermanos en Cristo que dejé en el penal. Ahora quiero ocuparme de ellos y de sus familias. No puedo olvidar a mis hermanos que quedaron sufriendo en esa inmunda prisión«, afirma.
Ernesto dice que su salida de prisión «fue muy complicada» porque lo liberaron a las 12:00 de la noche, «sin dinero y sin nadie que me esperara».
«Estuve toda la noche caminando, hasta las 5:30 de la mañana, que llegué a mi casa. No tuve miedo de asaltos porque caminaba en chancletas y con un saco al hombro. De verdad que parecía un mendigo», añade.
«Por la calle 100 me paro una patrulla para registrar el saco. Les enseñé la carta de libertad y les pedí que me adelantaran el camino, pero se negaron», asegura.
«Estuve casi tres meses en prisión y eso me cambió la vida», dice Ernesto. «Estoy tranquilo en cuanto a tocar calderos porque me comprometí con el jefe de sector a que en mi casa no se escucharía ‘ni un ruidito'».
«Este gobierno es satánico, pero tengo que pensar en el sufrimiento que causé a mi familia durante mi prisión. Cuando uno tiene familia, ya no es dueño de sus actos», concluye.