¿El antiguo edificio de los Galeano está embrujado?

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  • noviembre 2, 2026
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Ómar Guerra conoció en persona a Fernando “el Negro” Galeano, antiguo miembro del cartel de Medellín, y hace más de una década trabaja junto a uno de los edificios que el capo dejó después de su truculenta muerte. Por eso, asevera, con toda seriedad, que “en ese lugar espantan”.

La propiedad, de cuatro pisos y 16 apartamentos, está en la calle 53 N°50-85, a tres cuadras del parque principal del municipio de Itagüí. Sobre ella se han tejido una serie de leyendas que el tiempo ayudó a fijar en la memoria y que hoy la tienen deshabitada.

En respuesta a una consulta de EL COLOMBIANO, la Sociedad de Activos Especiales (SAE) informó que el inmueble, identificado con el Folio de Matrícula Inmobiliaria N°001-349637, “se encuentra en estado de extinción del derecho de dominio”.

Según el Certificado de Tradición y Libertad, la última titular fue Pilar Andrea Galeano González. Desde el 3 de febrero de 2014 está bajo la administración de la SAE.

“Ese edificio está abandonado hace unos 15 años. Esporádicamente llega un inquilino, recuerdo una señora Ruth y un viejito, pero no duraron mucho. Lo sé porque yo trabajé ahí pintando paredes y haciendo aseo, cuando los apartamentos los alquilaba Arrendamientos Alaska, que ya no existe”, cuenta Ómar, quien se dedica a lavar carros en la acera de acceso a la propiedad.

Dice que casi toda su vida trabajó en ese vecindario, el mismo donde conoció hace años a “el Negro” Galeano, por aquel entonces el narco más poderoso de Itagüí.

“Cuando me quedo hasta la noche, se oyen ruidos de adentro del edificio. Como si hubiera personas peleando y tirando cosas al suelo, pero uno sabe que ahí no hay nadie”, afirma, mientras lava las llantas de un vehículo que acaban de estacionar afuera.

A la conversación se une el taxista Eduar, quien asegura que también ha sido testigo de los extraños fenómenos. “Después de la medianoche se prende el bombillo de un apartamento del segundo piso. Pensé que ahí vivía alguien, hasta que me enteré que está desocupado”, narra.

“La última vez que lo vi fue hace cuatro meses, cuando me quedé por aquí hasta tarde. Ahí se ven sombras y se escuchan voces. ¡Lo paranormal existe, papi!”, añade rascándose la cabeza.

Los comentarios de Ómar y Eduar son corroborados por Andrés, otro lavador de carros, quien lleva 18 años en el sector. “La energía que se siente es maluca, los celadores que han trabajado ahí le contaban esas historias a uno, que se escuchaban y se veían cosas extrañas en el edificio”.

Cuando Pablo Escobar Gaviria, el jefe del Cartel de Medellín, se entregó al Estado para ser recluido en la cárcel La Catedral, el 19 de junio de 1991, delegó la administración de las finanzas de la organización en Fernando “el Negro” Galeano.

Según los archivos judiciales, en aquel entonces, junto a varios de sus familiares, este hombre regentaba una de las empresas criminales asociadas al Cartel, conocida como el Clan Galeano, cuya base de operaciones era Itagüí.

De acuerdo con el testimonio de Jhon Jairo Velásquez (“Popeye”), lugarteniente de Escobar, su patrón sospechaba que los Galeano lo habían traicionado, incumpliéndole con los pagos del negocio y asociándose con sus enemigos del Cartel de Cali.

El 3 de julio de 1992 citó a “el Negro” Galeano y a su socio Gerardo “Kiko” Moncada a La Catedral, para ajustar las cuentas. “Los amarramos, los interrogamos y los matamos. Ese día se acabó el Cartel de Medellín”, confesó “Popeye” en una entrevista.

Las víctimas fueron desmembradas, sus restos incinerados en una caneca y luego sepultados allá en la cárcel.

El jefe de seguridad del Clan Galeano, Diego Murillo (“don Berna”), se asoció con el Cartel de Cali, antiguos aliados de Escobar, fuerzas paramilitares y agentes del Estado, para crear una máquina de muerte llamada “Perseguidos por Pablo Escobar” (“los Pepes”).

La guerra devastó al Valle de Aburrá hasta diciembre de 1993, cuando Escobar fue asesinado en un tejado de Medellín. Y con los principales capos muertos, detenidos o extraditados, la justicia se dedicó al embargo de sus fortunas, y en esa persecución se le aplicó la extinción de dominio al edificio de la calle 53.

Ramiro Giraldo Colorado es ingeniero financiero y le contó a este diario que hace dos años visitó la propiedad. “Entré con mi suegro y un funcionario de la SAE, que se la estaba ofreciendo a él para que la administrara y subarrendara cada apartamento en $500.000”, recuerda.

Ramiro asegura que apenas ingresaron al sitio, se sintieron incómodos, especialmente cuando se detuvieron ante el apartamento 301.

“Algo me decía que no debía entrar, se sentía pesado, pesadísimo. Ahí tuvo que haber vivido una persona con gustos muy extraños, porque todas las paredes estaban pintadas de un color diferente, y eran colores chillones, amarillo, fucsia, azul. Y no estaban bien pintadas, sino a brochazos tirados”, comenta.

Y prosigue: “El vigilante dijo que a ese apartamento habían traído a un cura, quien concluyó que había un demonio. Ni siquiera un espíritu cualquiera, sino un demonio. Para rematar, estando ahí se abrió sola la puerta del clóset”.

La existencia del apartamento de colores es confirmada por Ómar, “cada pared era distinta, una morada, otra anaranjada… Ahí hace tiempo vivió una mujer que tenía el marido en la cárcel de Bellavista, y decían que hacía rituales”.

Al mostrarle una foto de la entrada del recinto, que reposa en el archivo de la SAE, Ramiro la identifica de inmediato: “Es ese, recuerdo muy bien la ubicación”.

Su suegro no alquiló la propiedad, no solo por las energías malignas que dijeron sentir, sino porque las redes de agua y gas no eran independientes en ese entonces, y la cuenta de servicios no separaba los gastos de la zona común ni de cada apartamento. Además, varias paredes habían sido perforadas por invasores buscando caletas de dinero, lo que implicaba una inversión importante para repararlas.

En la actualidad, la SAE señala que “el inmueble no se encuentra en estado de abandono. El activo está siendo objeto de actividades de alistamiento y gestión, con miras a su comercialización”.

Al margen de la existencia o no de los fenómenos paranormales, alrededor de la propiedad de los Galeano hay una atmósfera enrarecida.

En 2024, ocho desplazados intentaron ocupar el edificio y llevaron un cerrajero para abrirlo. El vigilante los confundió con guaqueros en busca de tesoros de la mafia e hirió a dos con una pistola traumática. El caso quedó registrado en la Fiscalía como lesiones personales. Desde entonces, solo las memorias del narcotráfico parecen habitar el lugar.

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