De la casi extinción a la esperanza de volverlo a ver: así buscan recuperar el árbol Melcocho
- Colombia
- octubre 19, 2026
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En Antioquia casi todo el mundo conoce el río Melcocho. Es muy probable que ante ese nombre la mayoría de consultados evoquen ese río de aguas cristalinas –dicen los lugareños que las más limpias de Colombia– y el paradisíaco cañón por el que este discurre diáfano. Sin embargo, casi nadie sabe el porqué de su nombre.
Salgamos de la duda, el río Melcocho se llama así por el árbol melcocho –Minquartia guianensis–. Este árbol puede alcanzar alturas de entre 25 a 70 metros, con una copa redondeada y hojas elípticas de color verde oliváceo. Su importancia radica en la calidad de su madera que es extremadamente dura, pesada y muy resistente al ataque de hongos y termitas. Por esta razón, históricamente se utilizó en construcciones. No por nada casi todas las casas de la zona tienen retablos en esta madera e incluso hasta los durmientes del ferrocarril de Antioquia estarían hechos de melcocho.
Sin embargo, acá viene la tragedia, a raíz de su tala indiscriminada en épocas pasadas, el mismo árbol que le dio nombre al turístico cañón hoy está al borde de la extinción en esta zona del Oriente antioqueño. Por ello, un grupo de guardianes buscan salvar la icónica planta para que tal vez sus bisnietos puedan conocerla.
Solo tres ejemplares
La historia la cuenta Luneida Giraldo Gallego junto a su esposo Edison Blandón Castaño, una joven pareja de líderes turísticos y ambientales del sector La Isla en el Cañón del Melcocho. En esta sucursal del paraíso en la que viven –donde abundan las hermosas aves y el susurro del río llena el ambiente– ellos han convertido su finca en una especie de arca en la que se define el futuro del melcocho en la zona que lleva su nombre.
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Luneida y Edison tuvieron que abandonar, como muchos, el cañón en el pasado a raíz de la violencia y apenas luego de la pandemia pudieron retornar. Para subsistir, se dedicaron a proyectos ecológicos y turísticos. En esas visitas, más de un turista hacía la pregunta que dio inicio a un ambicioso proyecto: ¿por qué el río Melcocho se llama así?
“Yo quedé con esa duda también, entonces comenzamos a indagar y hablé con mi papá, Argirio Giraldo, quien toda la vida se ganó el sustento con la madera de la zona. Él me comentó que hacía muchos años el árbol era muy abundante. Que a mi abuelo Ernesto (que también era aserrador) sí le tocó cuando todo esto estaba lleno. Cuando mi papá era joven ya estaban más bien escasos y cuando yo estaba pequeña… no recuerdo haberlo conocido”, recordó Luneida.
Edison también terció en el asunto, y explicó que, según los relatos de los ancianos del cañón, la tala no se entendía entonces como una amenaza de desaparición. Era una forma de subsistencia en una época en la que los recursos forestales parecían inagotables en ese bosque verde que aún hoy se extiende hasta donde llega la vista.
“Ellos nos dicen que si las familias hubieran sabido que los árboles podían escasear hasta casi desaparecer, probablemente habrían actuado de otra manera”, apuntó.
Un día indagando con los vecinos, a Luneida le contaron que si quería ver al Melcocho cerca del Cañón, tenía que ir hasta El Porvenir, en otra lejana vereda accesible solo tras andar muchas horas por caminos de herradura.
“Llegamos a la finca de don Argemiro y de don Raúl. Y ahí los vimos… Apenas había tres árboles de melcocho que podrían tener siglos y parecía que uno ya se había muerto porque le cayó un rayo… Me contaron que además ellos crecen como un centímetro año tras año. Y yo preguntaba: ‘¿Y ellos qué fruto dan?’ y me decían que nunca le habían visto frutos o que se haya reproducido. Dicen que de pronto es por estar tan solos”, recordó Luneida.
Luneida recordó que ese día salió triste de El Porvenir pensando que era increíble que el árbol que le dio el nombre a la zona estuviera a punto de desaparecer. Ella reflexionó que estaba aconteciendo algo que sucede mucho en Colombia, donde es habitual que las cosas importantes se las trague el olvido.
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“Entonces como no queríamos que eso pasara empezamos a ver como traerlo de vuelta. Que cuando llegue un visitante y pregunte cuál es el melcocho uno se lo pueda mostrar”, agregó.
En esa búsqueda de soluciones, Luneida y Edison se toparon con los biólogos de la Corporación Viboral Biodiverso. Estos le explicaron que el melcocho también estaba presente en varias zonas del país, por lo que podría ser viable buscar semillas para introducirlas en el cañón.
A mediados de 2024 se realizó un primer intento. Una bióloga de la Corporación llevó algunas semillas desde el sur del país y las repartió para que fueran sembradas. Luneida también participó en la experiencia. Sin embargo, ninguna germinó.
El empuje de la convocatoria
En el cañón del río Melcocho, el suceso no los amilanó, por lo que siguieron buscando alternativas.
Es ahí cuando entra en la historia el biólogo David Gómez Mesa, profesional de la Universidad CES y magíster en restauración ecológica. David había llegado a la comunidad en 2021 como voluntario de un proyecto dedicado al estudio de los usos que la comunidad de El Melcocho hacía de las plantas allí presentes. En esas conoció a varios líderes ambientales y estableció una relación cercana con Luneida y Edison.
David reforzó la hipótesis de traer varias semillas desde otros lados del país, toda vez que durante sus recorridos por Colombia encontró la misma especie bajo nombres como guayacán negro o ahumado.
Otro engranaje de la historia del relato tiene que ver que durante los estudios de su Maestría, a inicios de 2025, David conoció a Jairo Segovia quien es director de Bioamazonía, un vivero en el Putumayo dedicado a la producción de plantas nativas y a la restauración ecológica. En una conversación, Jairo le contó que conocía el árbol y que incluso tenía ejemplares en su vivero. Ahí fue que a David se le iluminó el bombillo.
Ese año, David conversó con Luneida y Edison y otros líderes comunitarios sobre la posibilidad de traer semillas y plántulas desde el Putumayo. La idea podía llevarse a cabo si se ganaban la convocatoria Tejiendo Vida, de la autoridad ambiental Cornare la cual se premiaba en diciembre de 2025.
“Empezamos a formular, a estudiar, a escribir, a investigar. Trasnochos del uno del otro para tener listo el proyecto. Y como le parece que lo tiramos… ¡Y nos lo ganamos!. Ese fue el impulso inicial que necesitábamos”, recordó Edison.
“Entre Yisela Martínez Giraldo, Luneida, Edison y yo formulamos el proyecto, lo mandamos a Cornare y nos ganamos la convocatoria. Eso allá la gente estaba muy contenta y ahí empezaron a aparecer muchos aliados que siempre habían tenido la inquietud de volver a sembrar el Melcocho y volverlo a traer”, añadió David.
El proyecto resultó ganador y recibió un incentivo de $20 millones. La propuesta se organizó en tres componentes: comunicación y educación ambiental, reintroducción del árbol y monitoreo de las plantas establecidas. Bajo el primer ítem se hicieron varias actividades educativas, se registró parte de la historia en un documental y se organizaron talleres para acercar a los niños de la escuela rural El Roblal –vecina de la zona– a una especie que muchos no habían visto nunca.
En esta labor fue esencial el papel de los biólogos de Viboral Biodiverso, quienes les inculcaron a los niños la importancia de la especie. Al proyecto también se sumó la empresa H.B. Fuller de Rionegro, que también realizó un aporte económico y de herramientas propias para la resiembra; y participó en una jornada comunitaria de siembra.
Frente al segundo ítem, se buscó traer semillas desde Mocoa en el Putumayo con ayuda del señor Manuel Mueses, quien recolectó cerca de 700 semillas en esta ciudad amazónica. Estas se enviaron rápidamente vía encomienda hasta el Cañón del Melcocho para iniciar el proceso de germinación.
Luneida recordó que el 24 de diciembre de 2025, en plena Navidad, se pusieron las semillas a germinar. Todavía estaba el sentimiento de lo ocurrido en 2024, pero había una corazonada de que esta vez sí daría resultado, aunque los biólogos indicaron que la germinación tomaría casi cien días.
“Pero ocurrió algo y es que como apenas a mediados de enero de este año, una semilla comenzó a brotar. Eso fue mucha la alegría. Le tomamos una foto y la compartimos por el grupo que tenemos de este proyecto. Y detrás de esa, geminaron muchas más”, recordó Luneida.
“Cuando la demás semillas se abrieron la gente empezó a ver que sí había germinación, que sí era posible volver a traer al Melcocho. Ahí dijeron: ‘bueno, si ellos son capaces, pues nosotros también vamos a meterle el hombro a esto’”, recordó Edison.
El viaje de1.000 kilómetros
La germinación de las semillas fue solo una parte. El siguiente reto consistía en conseguir árboles suficientemente desarrollados para sembrarlos en distintos puntos del territorio.
Fue entonces cuando Segovia –como lo resume David– se puso la 10, logrando una de las escenas más memorables de esta historia. El hombre se vino en su camioneta desde La Hormiga, en el departamento del Putumayo, cerca de la frontera con Ecuador, hasta el Cañón del Melcocho, llevando 220 plántulas, o sea, árboles en su estado inicial.
El viaje de casi 1.000 kilómetros le tomó cerca de tres días. Su interés no era solamente entregar las plántulas; también quería conocer el territorio al que regresaría la especie. La imagen tenía, además, una fuerza simbólica particular. Décadas atrás, la madera del melcocho había salido del territorio transportada por mulas. Ahora, justamente las plántulas regresaban a El Melcocho cargadas en caballos de la zona.
“Ese fue otro momento muy emocionante, el de entregarle las plántulas a la gente de El Melcocho. A cada familia que estuviera interesada le dimos sus tres o cuatro plántulas para que las sembraran y las cuidaran”, recordó David.
Ya han pasado algunos meses desde ese suceso. Aún así, la atención de las plántulas y las semillas germinadas se mantiene en La Isla. Allí, Luneida, Edison y su hijo Ángel mantienen un vivero donde cuidan los futuros melcochos y trabajan en el cuidado y la reproducción de otras especies nativas como el Coco Cristal o el Parasiempre, especies cuyos procesos de germinación han requerido muchísima paciencia.
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“Cada tres días, por más cansado y sudado que llegue, me voy para el vivero junto a mi hijo porque yo digo que el melcocho no es un árbol, es un hijo que tenemos que cuidar, porque sino desaparece de nuevo”, apuntó Edison.
Cierre de ciclos
Uno de los aspectos más significativos del proyecto está ligado a la historia personal de Luneida y la relación de su familia con los árboles de la zona, toda vez que su padre y su abuelo dependieron de la extracción de madera para sostener a sus familias.
“Creo que con mi hermano Aldúber y conmigo se rompió ese ciclo familiar de talar árboles también por desconocimiento. porque ¿quién iba a saber décadas atrás que se iban a extinguir los Melcochos si esto estaba lleno de ellos? Desde que volvimos luego del desplazamiento, mi hermano cuida y conserva árboles como; y yo con este proyecto, trato de restablecer el equilibrio, por decirlo de cierta manera”, añadió.
El futuro del melcocho
La recuperación del árbol de melcocho exige una paciencia que supera la duración de cualquier proyecto institucional. Su crecimiento es lento, cerca de un centímetro por año, y los resultados más importantes se verán tal vez en siglos. Incluso Ángel, con sus once años, reconoció que serían sus nietos quienes tal vez puedan contemplar los árboles en su plenitud.
Para David, esa dimensión temporal es una de las razones por las que el proyecto resulta tan emocionante. “La restauración ecológica permite actuar en el presente pensando en seres vivos y generaciones que vendrán mucho después. Los árboles que hoy apenas levantan sus primeras hojas podrían convertirse, dentro de décadas o siglos, en parte de un bosque que ofrezca refugio y alimento a numerosas especies”, añadió.
Edison comparte esa visión. Considera que el proyecto ya es exitoso porque consiguió despertar interés, producir plántulas y comprometer a una comunidad con la recuperación de una especie casi desaparecida de su entorno.
Su mayor esperanza es que más personas conozcan la historia del melcocho y comprendan que el río no es únicamente un destino turístico, pues detrás de sus aguas hay un árbol, una historia y una oportunidad para demostrar que las comunidades pueden cambiar el rumbo de su territorio.
“El Melcocho, más que un árbol que le da nombre a un río, es vida y es nuestra esencia”, apuntó.
Por ahora se busca que la resiembra quede incluida en el Programa de Intercambio de Servicios Priser –estrategia impulsada por Cornare en la zona– que incluye otros temas ambientales en el Cañón.
Aun así, la continuidad dependerá del trabajo del grupo ecológico, del acompañamiento de las familias, de la participación de los niños y de las alcaldías de la zona; y claro, de nuevos aliados que aporten al proyecto.
Eso sí, los participantes del proyecto ven un futuro positivo para la resiembra. David resume el asunto con optimismo: “Estoy seguro de que habrá melcochos en El Melcocho”, apuntó.
Preguntas frecuentes
- ¿Por qué el río Melcocho se llama así?
- ¿Cuánto tarda en crecer el árbol melcocho?
- ¿Cómo se está recuperando el árbol melcocho en Antioquia?
- Líderes del Cañón del Melcocho, con apoyo de Cornare y biólogos, trajeron 700 semillas y 220 plántulas desde el Putumayo. Las plántulas se repartieron entre familias de la zona y las semillas germinan en un vivero comunitario del sector La Isla.