Como ir a la guerra

Como ir a la guerra

  • Cuba
  • agosto 2, 2026
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Lunes 27 de julio de 2026

Cada fin de semana se vuelve tedioso. La distracción es mecánica porque no existen opciones que podamos elegir o poner en discusión. El Submarino Amarillo es el único sitio que queda en pie si lo tuyo es el rock de los 80, o de cualquier época, en honor a la verdad.

Voy al mercadillo cercano para apertrecharme de cigarros y confirmo el rumor de los vecinos: otra vez subieron los precios, entre 100 y 200 pesos, de aquellos productos que más demanda la clase obrera. Hago cuentas de los nuevos precios de la leche, refrescos, huevos, azúcar, arroz, café, aceite, y por supuesto, de los cigarros. Lógicamente, la cuenta no me da. A nadie, desde hace décadas.

Mientras esperan por sus cervezas, dos jóvenes de unos 35 años conversan sobre lugares de esparcimiento que ya no existen. Concluyen que todo, en Cuba, suele desaparecer sin dejar rastro. Que las opciones de recreación «sana», así llama el régimen a sus actividades paraestatales, son más aburridas y machaconas que la programación televisiva del verano.

Una señora sesentona se entromete en la conversación. Nos pone en contexto, como si fuéramos forasteros que deben ser advertidos de alguna calamidad local, sobre la recreación de los niños. Así nos enteramos que la entrada a un parque de diversión, que antaño administraba el Estado, puede costar entre 800 y 1.000 pesos. Solo la entrada. El precio de los aparatos y de las chucherías ya es cosa de otro mundo.

En la piquera de los triciclos eléctricos, ya rumbo al Submarino, nos enteramos que los precios del tramo Centro Habana-Vedado también sufrieron cambios. Otros 100 pesos.

Martes 28 de julio de 2026

Los semáforos en La Habana tienen un significado diferente para los mendigos, y al mismo tiempo representan un conflicto entre ellos. Su sobrevida discurre en dependencia de los llamados horarios pico, pero debido a la escasez de combustible el tráfico es desolador a cualquier hora.

Afectados también por los apagones, son pocos los semáforos que funcionan y en consecuencia generan disputas entre los mendigos, que se vuelven agresivamente territoriales. Un amigo me señala que algo similar sucede con los portales en las avenidas más céntricas de la ciudad: esa especie de quincalla de objetos, ropas y enseres inservibles que se ofertan sobre mantas percudidas a ras de suelo, ha proliferado a niveles de hacinamiento.

Es la miseria haciendo metástasis dentro del país, formula mi amigo mientras pago el peaje a la mujer que mendiga en el semáforo de la intersección de Santa Catalina y Diez de Octubre. Con un gesto, que interpreto entre obsceno y divertido, parece indicarme que también ofrece servicios sexuales. El combo completo, pienso mientras le sonrío.

El cake que fuimos a buscar, encargado hace tres días a una dulcería por las inmediaciones de La Palma, todavía no está listo. Decidimos esperar en el parque, justo frente al semáforo donde un mendigo torea el escaso tráfico mientras grita: «¡Solo quiero comer para no robar!».

Miércoles 29 de julio de 2026

El golpe de calor me devuelve a la realidad inmediata: no tengo agua fría para calmar el ataque de pánico asociado, no me he bañado ni tengo camisa limpia para llegarme al policlínico, y la escalera, como el dinosaurio, sigue ahí. La escalera es un obstáculo mortal si no pongo los cinco sentidos al bajar.

Tampoco corre el aire a pesar de la altura. El sol es impenitente, como un castigo medieval. Intento llamar a D. para conversar y así olvidarme que la frecuencia de estos ataques se acorta cada vez más. Pero olvido que ella, al igual que yo, está en apagón desde hace más de 18 horas, así que no funciona nada: ni sms, ni llamadas, ni datos móviles.

La poca agua que tengo para consumir la riego por el suelo de granito, y me acuesto sobre él con ropa y todo. Prefiero una neumonía a que se alargue el golpe de calor y el ataque de pánico. Imagino un cacerolazo nacional, bien largo y encabronado, que le deje ampollas en las manos a la gente. La rabia del pensamiento me va calmando.

Me despierta el tono del teléfono. Es D. para avisarme que ya tiene luz, que lleve toda mi ropa sucia para lavar. Me percato que también aquí llegó la luz, seguramente por una o dos horas.

Empiezo a estornudar.

Jueves 30 de julio de 2026

El debate estuvo intenso en la peluquería de Bea. Además de acicalar los maltratados cabellos de las abuelas del barrio, Bea vende café La Llave bastante barato para los tiempos que corren. A precio de amigos, es su eslogan para la clientela selecta.

Las tres señoras que esperan turno rememoran los tiempos, décadas atrás, en que una remesa de 100 dólares mensuales sostenía a una familia promedio. Incluso alcanzaba para pequeños lujos, recuerda la señora más canosa mientras se masajea el pelo, quizá recordando tintes de mejor calidad.

Un combo de comida es la añoranza de cualquier cubano de a pie. En eso también coincidimos Bea, yo y las tres abuelas. Proveer de alimentos a una familia, lo más básico, es como ir a la guerra: no sales ileso jamás; como mínimo empiezas a padecer de estrés postraumático.

No sé por qué se me ocurre mencionar que mi combo ideal debería incluir compotas. Bea y las tres abuelas me miran con una mezcla de tristeza y rencor. Tal vez fui demasiado lejos y toqué fibras o desperté esos recuerdos que llegan desde la amargura.

Una de ellas, la que luce más joven, es categórica: sus cuatro nietos no saben qué es compota. Su tono deja claro que debo marcharme de inmediato. Casi olvido pagar a Bea el paquete de La Llave. 

Viernes 31 de julio de 2026 

Desde que iniciamos la bitácora, es la primera ocasión en que logro relatar cada singladura sin respiración asistida. Es decir, sin que el ordenador esté conectado a la estación portátil de energía, o al ecoflow, como decreta su nombre comercial. Y más aún, con el ventilador aliviando los casi 38 grados que debe marcar la temperatura del alquiler.

Los apagones no dan tregua. O para ser exactos, el régimen no quiere dar su brazo a torcer, aunque la crisis del país, como dice una vecina, no tenga nombre ni parangón.

Quise celebrar el acto de haber redactado el episodio con un poco de aire fresco. Unos boniatos y plátanos maduros fritos no me parecieron un mal plan, hasta que el tipo de la cuadra que vende hasta humo me informa que el precio del aceite está caliente: más de 3.000 pesos el litro.

A la voluntad divina encomiendo el alma del tipo, y al carajo vuelvo a mandar al régimen y a toda la incapacidad estructural de su gobernanza. Luego pienso en mi casera, que diariamente tiene que hacer malabares para alimentar a su ochentona madre y a su esposo que, desde hace casi tres años, está postrado a causa de un ictus.

También en cada anciano en las interminables colas del banco para hacer efectiva sus chequeras de jubilación. Cuando llegue el agua, en Cuba habrá que hervirlo todo.

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