Comer lo justo para sobrevivir: la ‘normalidad’ de cada vez más cubanos

Comer lo justo para sobrevivir: la ‘normalidad’ de cada vez más cubanos

  • Cuba
  • agosto 27, 2026
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Son las 7:30 de la mañana y Juan Ramón, de 70 años de edad, está sentado en un banco frente a la panadería donde compra el pan normado en Santiago de Cuba. La inestabilidad de este producto, crucial para el desayuno, hace que muchos vecinos lo esperen cada día, levantados desde temprano para escapar del calor y a sabiendas de lo impredecible del despacho.

«Llego aquí todas las mañanas y me quedo hasta como las 12:00. Si viene el pan, me lo como sentado aquí mismo. Esa bolita de harina sin grasa es mi único desayuno«, explica. «Si no llega, no como nada hasta el mediodía o hasta la tarde, que hiervo alguna vianda», añade. «Sí, tengo hambre, pero mi cuerpo se ha ido adaptando a comer poco, se me ha ido cerrando el estómago».

Tener hambre es tan común que ya se ha normalizado para muchos cubanos, resignados a solo comer lo imprescindible para sobrevivir.

«Compré media libra de azúcar hace como un mes y me como una cucharada o hago agua de azúcar. Trato de comer por la tarde noche. Solo como yuca o boniato, que es lo puedo comprar», dice Juan Ramón.

El problema del hambre en Cuba nunca fue resuelto por el Gobierno revolucionario. A pesar de ser una de las promesas principales de su propaganda, no logró su erradicación total. Las políticas económicas revolucionarias no han sido efectivas para resguardar a los cubanos de la pobreza; por el contrario, han profundizado la escasez.

Adaptarse al racionamiento impuesto a través de la Libreta de Abastecimiento fue el primer paso de la dosificación del hambre. La igualdad alimenticia revolucionaria, regulada con la libreta, planificaba lo que comías y en qué cantidades. Siempre fue insuficiente, aunque para una parte importante de la población de bajos recursos ha sido con frecuencia la única forma de mal alimentarse.

En los últimos años, el hambre se ha evidenciado cada principio de mes en las multitudinarias colas para comprar los cada vez más escasos alimentos que el Gobierno vendía por la libreta y con retraso. Las cinco libras de arroz y de azúcar, la libra de sal cada dos o tres meses, la media libra de aceite y algún cárnico —muy de vez en vez— eran los últimos vestigios del camuflaje estatal para la creciente inseguridad alimentaria.

En julio, durante la clausura del Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista, el régimen confirmó que la Libreta de Abastecimiento deja de tener «carácter universal» y que el Estado solo «garantizará» ya la exigua canasta básica a jubilados, familias con niños que padecen enfermedades crónicas y personas consideradas vulnerables, el eufemismo que usa el castrismo para referirse a quienes viven más allá de la extrema pobreza.

Hoy el hambre que sufren los cubanos no se puede esconder, es un mal nacional. Para personas como Juan Ramón es más frecuente no comer que hacerlo. Cubanos con su nivel de ingresos ven cada día más difícil tener dinero para comprar alimentos que se encarecen constantemente.

La segunda encuesta de DIARIO DE CUBA, realizada por Cubadata entre el 23 de febrero y el 13 de marzo de 2026, reveló que seis de cada diez entrevistados consideraban «mala» o «muy mala» la situación de su hogar.

Un 78,2% de los encuestados afirmó que alguien en su casa tuvo que saltarse al menos una comida por falta de alimentos.

«El hambre deja de ser un fenómeno concentrado en ciertos segmentos y pasa a convertirse en una experiencia ampliamente distribuida en la sociedad», señaló el investigador principal de Cubadata, Arístides Vara Horna.

Las cosas no han hecho más que empeorar para muchas familias en los últimos cuatro años. La inflación ha cambiado la dieta. El boniato y la yuca se imponen al arroz y los frijoles importados. Juan Ramón hace las viandas un puré; su sazonador estrella es la sal. Si la yuca no se ablanda, la pasa por su molino de carne, una reliquia de la década de los 70 del siglo pasado, cuando todavía llegaba la carne de res a las carnicerías normadas.

Para Alina y Luis, una pareja de jubilados, el no tener dinero los lleva a experimentar con los restos de alimentos que les quedan. Su plato más socorrido es un congrí en el que el frijol es más abundante que el arroz, que aparece casi como chispitas blancas salteadas. La «receta» surgió de la combinación de «poquitos de arroz y frijoles» que les quedaban, a lo que pudieron sumar pedazos de boniato hervido.

Dada la situación en la que viven, consideran que es una «muy buena comida», sobre todo porque los frijoles están tan caros que peligran como plato tradicional.

El hambre en Cuba siempre estuvo ahí, encubierta por las arengas, racionamientos y experimentos agropecuarios fallidos. Una estadística sistemáticamente ocultada por el Gobierno.

El informe «El estado de la Seguridad Alimentaria y la nutrición en el mundo», de Naciones Unidas, señala que en 2026 el hambre disminuyó en América Latina un 4,8%, destacando a la República Dominicana como el último país incluido en la categoría «hambre cero». El informe, sin embargo, no menciona la situación de Cuba, al no recibir la ONU datos oficiales del Estado cubano.

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