Debí dejarle la jaba con los sobrecitos de laurel

Debí dejarle la jaba con los sobrecitos de laurel

  • Cuba
  • agosto 30, 2026
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Lunes 24 de agosto de 2026

Vivir y escribir sobre el final duele. Te amarras a ese compromiso y pesa más que el pacto con la redacción del periódico. Es vivir y escribir sobre uno mismo rastreando medicamentos que escasean incluso en los mercados informales. 

Cada dosis que se incumple la paga la lucidez de tu madre. Y da igual lo que estés dispuesto a pagar por un medicamento que ni siquiera tu hermana, administradora de una farmacia, puede gestionar a cambio de implicarse en una retahíla de delitos.

La impotencia es ese otro ingrediente que adereza el final. Un final que arde; que nadie sabe si está en su principio, en su mitad o en su ocaso.

La persona que te escucha, que comparte un viaje en un almendrón que atraviesa La Habana, a su vez cuenta que su final no es distinto. Ha tenido que trabajar las calles para comprar medicamentos que alivien la enfermedad de su madre que, según los oncólogos, no se alivia ya con nada.

Rezar es lo único que queda, dice la persona que te escuchaba y ahora te habla, sabiendo que ninguna oración convertirá en lluvia el implacable sol de un domingo a mediodía. Intercambias contactos, no para una cita romántica. Quizás rastrear dos medicamentos traiga mejor suerte que rastrear uno solo.

Cualquiera de los que aparezca, uno le avisa al otro, dice ella, y me despide con un beso lindísimo en la mejilla.

Martes 25 de agoto de 2026

El adolescente me mira con insistencia. Lleva una jaba llena de sobrecitos de hojas de laurel. La hermana, de ocho años y colgada del otro brazo, es su ancla. Su cable a tierra. Dejo de hurgar entre las calabazas y los plátanos macho. Le pregunto el precio de cada sobrecito, y decido comprarle la jaba entera. Los ojos de la hermana me sonríen. Luego esos mismos ojos lloran cuando les entrego otra jaba con varias libras de viandas. El adolescente me sigue con la mirada hasta que me pierdo calle Manrique abajo.

D. se enoja cuando descubre la jaba llena de sobrecitos de laurel. Me pregunta si haremos una fogata olorosa para aderezar la noche de apagón. Le cuento sobre el adolescente y la hermana anclada al brazo. Solo me implora que no llore, y que me aliste porque tendremos que ir a comer a casa de su madre. He gastado nuestro último dinero. Habrá que pedir algo prestado hasta inicio de mes.

Durante el camino guardamos silencio. Ese silencio que se pacta de manera tácita y que sirve para que mi enojo no sobrevuele. Cada adolescente que me cruzo se parece al adolescente con la hermana anclada al brazo.

Debí dejarle también la jaba con los sobrecitos de laurel, pienso en voz alta.

La que llora es D., que me estampa un beso en la frente, como una bendición.

Miércoles 26 de agosto de 2026

Ya es de noche y aún me punzan los más de seiscientos músculos del cuerpo. Como ese primer día de tu vida en un gimnasio; que para colmo no es gratis. Es un dolor que pagas. Como esos 2.000 pesos que pagamos por cada tanque de agua potable, pues las últimas dos semanas hemos vivido a secas.

La segunda parte del proceso es acarrear el agua, cubo a cubo, desde los bajos del edificio hasta la azotea. Más o menos el equivalente a tres plantas. «El abuso», nos gritan los vecinos. El dueño de Ares y Buda —los dos perros que nunca duermen y que serán el futuro terror de los ladrones— ofrece su solidaridad como siempre, y el cansancio y las agujetas tocan a menos. Buen tipo. Lo mismo te presta dinero que te consigue algún medicamento o te invita a pescar o tomar cerveza.

Lo cierto es que el negocio de la venta de agua potable ha llegado para quedarse. El régimen cubano tiene ese extraño y equívoco don: por cada trozo de infraestructura que la revolución hace colapsar, desplomase o reordenarse, surge y se entroniza un negocio irregular. No hay fallo en eso. Tiene que ser un don, porque equivocarse tanto sobre lo mismo es una subnormalidad.

O una cosa o la otra, dice D. desde el sofá, donde se instala sin moverse un ápice cuando terminamos de acarrear el agua.   

Jueves 27 de agosto de 2026

«Lo que no se invierte en aceite, se paga después en el baño». El escatológico y poco gracioso pregón lo grita a todo pulmón un revendedor. El precio de la oferta, 4.000 pesos, sigue estando durísimo para esos más de siete millones de cubanos que no reciben remesas.

Resulta que, por primera vez en toda mi existencia, el proceso de evacuar ha sido complicado y doloroso. Durante el último mes fui reacio a comprar aceite. Desde la terquedad, me obligué a no pagar 6.000 pesos por ese ingrediente imprescindible en cualquiera de las recetas o dietas inventadas por el ser humano.

Sin dar mucho crédito al pregón, decido comprar el pomo de aceite. En definitiva, la diferencia de 2.000 pesos me parece una pequeña pelea ganada. Un entusiasmo bastante desabrido que, con total certeza, no comparte un solo cubano que guarde respeto a su billetera.

La asociación de precios, más que de ideas, me conduce hacia preguntas bastante impertinentes: ¿cuál producto y en qué precio comienza el mínimo de esa canasta básica que, a decir del régimen, estaría al alcance de un trabajador estatal, o de una familia huérfana de remesas?

Prefiero no hacer partícipe a D. ni a ninguna otra persona de un cuestionamiento que no conlleva siquiera un simulacro de solución.

Viernes 28 de agosto de 2026

El alumbrado de la vía pública se ha tomado unas largas vacaciones. Barrios enteros, de la periferia o no, engullidos por una oscuridad aterradora. Y por aterradora entiéndase todas las acepciones que el adjetivo implica.

Aterra que, en ese minuto exacto en que uno alcanza la certeza inexcusable de vivir en un país que va a tientas para no tropezar, literalmente, se aparece el único vehículo en la ciudad que dispone de todo el combustible del mundo: un vehículo patrullero, parte de esa caravana policial y militar que los habaneros llaman «el combo».

A la petición de documentos de identificación, se suma la pregunta del millón: «¿qué hace usted a estas horas por la calle?» Poner en contexto a un oficial del Ministerio del Interior es arar en el mar. El instinto de conservación, sobrepuesto al sentido común, suele salvar, pero yo aventuro par de preguntas: ¿Quiénes ostentan la responsabilidad de poner y quitar el fluido eléctrico? ¿Qué ciudadano tiene la capacidad de definir si los apagones representan un toque de queda o una limitación de movimiento?

La tranquilidad ciudadana —intentan explicarme cómo se maneja, cómo se decide y cómo se proyecta— consiste en que cada individuo deberá, en lo adelante, suponer por sí mismo en qué calles de qué barriadas se cometerá, o se estaría cometiendo, un hecho delictivo.

Identificarme como opositor y periodista independiente los devuelve a la realidad. La despedida no tiene desperdicio: cuídese que las calles aparentan tranquilidad, pero estar alertas nunca está de más.

Camina y prende el fogón.    

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