Un año sin brazos ni respuestas: el abandono estatal a un liniero cubano
- Cuba
- septiembre 13, 2026
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El 12 de septiembre de 2025, la vida de Osmani Hernández cambió dramáticamente. Mientras reparaba una avería en San Miguel del Padrón, una violenta descarga eléctrica le produjo graves quemaduras. Las lesiones obligaron a la amputación de sus dos brazos. Tenía 35 años.
Un año después, Osmani conserva la vida, pero tanto él como su familia continúan atrapados en un entramado de promesas incumplidas y olvido institucional.
La tragedia comenzó con el funcionamiento deficiente de los servicios de emergencia. Tras la descarga, Osmani quedó colgado del poste. Fueron los vecinos del lugar quienes, ante la ausencia de un equipo especializado, lo bajaron y trasladaron al Hospital Miguel Enríquez. Desde una cama del hospital, consciente del impacto de sus heridas, dejó una frase que se viralizó en redes sociales: «Fuerza de voluntad tengo», dijo, y añadió que prefería perder las extremidades antes que la vida.
Ante el impacto público del caso, la Empresa Eléctrica de La Habana reaccionó el 15 de septiembre, asegurando que el liniero contaba «con todo lo necesario» para su recuperación. Asimismo, prometió no abandonarlo: «Nos queda a nosotros seguir acompañándolo, como lo hemos hecho desde el primer minuto». 12 meses después, la realidad desmiente la propaganda oficial.
Sin prótesis ni autonomía
La necesidad más urgente de Osmani sigue sin respuesta, toda vez que la amputación de ambos brazos transformó radicalmente su día a día y, para actividades como alimentarse, asearse o vestirse depende enteramente de terceros. Además, perdió las manos para trabajar y cuidar de sus dos hijos, menores de edad.
Pese a las expectativas generadas por las autoridades tras el accidente, no existe información pública sobre gestiones concretas para facilitarle las prótesis requeridas. La Empresa Eléctrica no ha aclarado qué institución médica asumió el proceso, qué evaluación técnica recibió ni cuál es el cronograma para la entrega de los dispositivos que le devolverían la autonomía.
Las consecuencias del accidente golpean también la economía de su hogar. «Tuve que dejar de trabajar para cuidarlo», explica su esposa. Su testimonio visibiliza un problema recurrente en la Isla: ante las carencias del sistema estatal de asistencia, la carga del cuidado recae desproporcionadamente sobre las mujeres, obligadas a renunciar a su desarrollo profesional.
Una vivienda que se destruye con las lluvias
A la falta de prótesis se suma el deterioro de la vivienda. Antes del accidente, Osmani trabajaba en la ampliación de su casa. Tras la tragedia, directivos de la Empresa Eléctrica prometieron asumir la terminación del inmueble. No obstante, la intervención inicial empeoró aún más la situación, toda vez que los trabajadores rompieron parte del techado de tejas y abandonaron la obra.
Hoy, una casa que nunca antes sufrió filtraciones, se inunda cada vez que llueve. «Es desesperante que en una vivienda que nunca se mojó hoy tengamos que desaparecer de los cuartos», denuncia su esposa. El agua ya echó a perder el colchón donde duermen sus hijos pequeños, mientras la familia intenta frenar las filtraciones con plásticos y palanganas.
El canal de comunicación con la Empresa Eléctrica, la Dirección de Atención al Hombre, prometió la visita de su director hace más de un mes. «Aún lo estamos esperando», señala la esposa. La única respuesta oficial es que «la carta está firmada» para autorizar la compra de materiales, pero la ayuda no se concreta.
A ello se suman las ingentes trabas burocrática. El directivo que hizo las promesas iniciales fue sustituido. «El que prometió ya no está, ahora es otro», explica la familia. Este cambio de fichas ha servido de pretexto para dilatar los compromisos, mientras se restringen los contactos directos con la nueva administración. Incluso la ayuda alimentaria a precios ajustados, que la entidad entregaba cada mes, dejó de llegar sin explicación previa.
Impunidad y siniestralidad laboral en aumento
A un año del hecho, reina la opacidad sobre las responsabilidades administrativas o penales. Según el testimonio familiar, las únicas medidas adoptadas fueron una sanción salarial parcial al despachador de turno, además de la democión de categoría al acompañante de la brigada. No existe confirmación oficial ni informe público sobre la investigación del siniestro.
El caso de Osmani no es un hecho aislado, sino el reflejo de un entorno laboral marcado por la precariedad. Según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), Cuba registró 664 accidentes laborales en 2025, con 701 lesionados y 38 fallecidos. Cinco de las víctimas mortales pertenecían al sector eléctrico.
La lista de linieros fallecidos en el país en los últimos años es alarmante: muertes en Pinar del Río, Villa Clara, Matanzas, Artemisa y La Habana así lo atestiguan. En junio de 2026 falleció electrocutado el liniero Osmani Rosales Núñez, de 39 años, en Cárdenas; y el pasado 3 de septiembre perdió la vida el también liniero Edisvey Pérez Rodríguez, de 32 años, mientras reparaba averías en La Habana.
Esta seguidilla de muertes pone en entredicho los protocolos de seguridad. Una encuesta realizada en 2025 por la Asociación Sindical Independiente de Cuba (ASIC) reveló que el 82,4% de los trabajadores consultados no había recibido formación oficial en seguridad e higiene laboral, y más del 52% señaló la falta de equipos de protección individual como su principal factor de riesgo.
Más allá del homenaje propagandístico
En su momento, la prensa oficialista y las redes sociales calificaron a Osmani como un «campeón de la vida», elevando su resistencia a la categoría de hito heroico. Sin embargo, la conversión de las víctimas en símbolos de resiliencia suele funcionar como cortina de humo para encubrir la irresponsabilidad estatal.
Osmani no necesita homenajes ni retórica triunfalista. Necesita una vivienda digna, atención médica especializada, indemnización adecuada para sostener a su familia y, fundamentalmente, las prótesis que la Empresa Eléctrica prometió y que hoy, 12 meses después, siguen sin llegar.