«No se puede pensar un país sin ver con ojos propios lo que se vive allí»

«No se puede pensar un país sin ver con ojos propios lo que se vive allí»

  • Cuba
  • abril 2, 2025
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MADRID, España. – Me encuentro en Madrid, en el barrio El Viso, con María Victoria Arechabala Fernández, a quien todos llaman Toya. Voy con el Dr. Antonio Guedes quien nos pone en contacto y había estado en la presentación madrileña del fabuloso volumen Arechabala. Azúcar y ron 1878-1959, del que es autora en colaboración con Antonio Santamaría García, doctor en Geografía e Historia por la Universidad Complutense.

Los antepasados de Toya fundaron una de las empresas más prósperas de Cuba, con un sello propio que se convirtió en pilar de la identidad nacional. Uno de sus productos emblemáticos, el ron Havana Club, sigue produciéndose después de la expropiación de la empresa en 1960 y justamente por representar lo genuino cubano es que el Gobierno del último medio siglo se empeñó en conservarlo, cuando otros licores y bebidas producidos también en la Isla desaparecieron definitivamente.

Yo recordaba que, cuando de pequeño y adolescente pasaba un mes en Varadero ―la ciudad-balneario en que vivió Toya durante sus primeros ocho años de vida―, al torreón que se encuentra a la entrada de la actual Avenida de Las Américas, algunos de los mayores de mi familia le llamaban “el torreón Arechabala”. Son fantasías que se cuentan sin que sepamos de donde salen porque la propia Toya me comentó que ella nunca oyó decir que esa estructura tuviera que ver con su familia. En otro sitio encontré luego que ese torreón no era más que el revestimiento de un tanque de agua que fue mandado a construir en 1928 por el empresario franco-estadounidense Irénée Dupont de Nemours, dueño de la mansión Xanadú, para disimular la estructura.

Otro lugar mítico de Varadero que hacía referencia a la familia Arechabala era el Retiro Josone, una casona construida en 1942 por José Fermín Iturrioz Llaguno, sobrino-nieto del fundador de la empresa, alrededor de una laguna natural, y que apenas se podía ver desde la Avenida Primera. Una vez expropiado, Celia Sánchez se adueñó del lugar y determinó que se usara como residencia de protocolo oficial para hospedar a mandatarios y personalidades internacionales. Recuerdo que hasta la década de 1980 el sitio y los jardines que lo rodeaban estaban envueltos de un halo de misterio porque se decía que un túnel secreto pasaba por debajo de la avenida y comunicaba la propiedad con la playa para que el huésped de turno pudiera huir en caso de necesidad. Al parecer, hoy en día, lo han convertido en restaurante y ya se puede visitar.

En todo caso, para los apasionados y los nostálgicos de la historia cubana esta conversación con una de las herederas del extinto imperio fundado por uno de aquellos vascos emprendedores que forjaron la economía nacional es una oportunidad para reflexionar acerca de lo que fue Cuba como tierra de oportunidades y también de la creatividad e ingenio de quienes emigraron hacia la Gran Antilla. De aquella próspera industria lo que queda hoy es un desolador campo de ruinas. Da risa y tristeza a la vez constatar en una revista Zig-Zag de 1960, el anuncio con bombos y platillos de que la intervención por parte del “gobierno revolucionario” de aquella empresa iba a llevarla a niveles de mayor relevancia, haciéndola marchar “a la cabeza de las industrias progresistas del país”. 

Mejor dejamos que sea Toya quien nos cuente la fascinante historia de los Arechabala en Cuba y agradezcamos el estupendo libro que logró publicar con el mismo empeño con que sus antepasados vascos levantaron aquella formidable empresa.

Anuncio en ‘Zig-Zag’, 1960 (Imagen: Cortesía de la entrevistada)

―Los Arechabala en Cuba son sinónimo de éxito empresarial y muy conocidos por haber sido los propietarios de la ronera de este nombre antes de su expropiación en 1959. Cuéntanos de los orígenes de esta saga familiar y de su llegada a la Isla.

―José Arechabala Aldama, mi bisabuelo, era originario de Gordejuela, un pueblo de la comarca de las Encartaciones, en la zona occidental del País Vasco. Salió un buen día de 1862, a la edad de 14 años, rumbo a La Habana en la fragata Hermosa Trasmiera. Era el sexto hijo de los ocho que tuvo una pareja de vascos y como muchos emigrantes del norte de España que emprendían el viaje de ida a América iba lleno de ilusiones y, en su caso, con una carta de recomendación para su paisano Antonio Galíndez Aldama, socio de una familia de hacendados azucareros cubanos, quien residía en Matanzas. Era corriente entonces las redes de solidaridad entre emigrantes, y en la zona matancera el porcentaje de vascos asentados fue bastante elevado. Cuando José se presentó ante Galíndez, este lo colocó, como a todo recién llegado, de “cabo de escoba”, una forma jocosa de llamar a quienes empezaban barriendo el suelo. En esta empresa permaneció siete años, aprendió diferentes oficios y fue mejorando de posición hasta que en 1869 entró en la casa mercantil matancera Bea, Bellido y Compañía, también fundada por un vasco, Demetrio Manuel de Bea y Maruri, marqués de Bellamar.

Fue en esta empresa que mi bisabuelo conoció a Julián Zulueta, otro vasco, nacido en Álava e importante hombre de negocios de la Isla que poseía títulos nobiliarios, esclavos e ingenios. Zulueta había construido en Cárdenas un gran almacén situado frente al mar e idóneo para recibir y almacenar azúcar y mieles. Necesitaba colocar allí a alguien con la capacidad necesaria para figurar como su apoderado y en 1873 decidió asociar a mi bisabuelo a sus negocios y nombrarlo su representante en esa localidad. Fue en el montaje y puesta en marcha del pequeño alambique de Zulueta, donde José aprendió de los maestros y técnicos que trabajaron con él algunos de los secretos de la fabricación de alcoholes para uso doméstico y de aguardiente, ron y licores

En 1877 se estableció por su cuenta tras trabajar cuatro años para Julián de Zulueta y reunir el capital necesario para instalar su propio negocio en Cárdenas. Entonces se dedicó al almacenamiento y comercio de azúcar y mieles, que era un tipo de negocio muy característico de los puertos. Construyó también un alambique y llamó al conjunto La Vizcaya. Fue este el germen de la empresa por la que sería reconocido después. 

Carmen Hurtado de Mendoza y José Arachabala Aldama, en 1879 (Foto: Cortesía de la entrevistada)

―La historia de todos estos emigrantes españoles norteños a Cuba es fascinante. ¿Se integró a la vida social cubana de entonces? ¿Mantuvo vínculos con su tierra natal?

―José había ascendido socialmente y en 1874 se casó en Cárdenas con una cubana, María del Carmen Hurtado de Mendoza García, hija de un gaditano que perteneció al Cuerpo de Bomberos y de una criolla, Mercedes García Aguiar.

Gozando ya de cierto bienestar económico, José Arechabala Aldana en uno de sus viajes a Gordejuela en 1884, y como muchos indianos, marcó el paisaje local con su propia casona, símbolo ante sus coterráneos del éxito alcanzado en América. La llamó como su esposa ―Villa Carmen―, y es hoy la sede del Ayuntamiento de Gordejuela. En esa década se le unió su sobrino José Arachabala Saínz, quien se convirtió en su hombre de confianza y le ayudó en el crecimiento de la empresa. También vinieron otros primos, de modo que fueron varios parientes y paisanos los que terminaron atravesando el Atlántico hasta Cuba. Finalmente, Carmen, una de las hijas del matrimonio Arechabala-Hurtado de Mendoza, se casó en 1898 con su primo José Arechabala Saínz. Estos son mis dos abuelos paternos.

La Vizcaya completó su proceso de modernización iniciado en 1885 dejando el proceso de alambique por el de destilación con miras a obtener un licor más fuerte y puro. La empresa estrechó vínculos con Edwin W. Atkins, empresario azucarero estadounidense establecido en Cienfuegos y, a finales del siglo XIX, adquirió terrenos colindantes a la destilería en Cárdenas para ampliarla.

Lo curioso de un personaje como José, el fundador de la empresa, es que siempre supo adaptarse a las coyunturas económicas y políticas. En medio de situaciones adversas, como incendios, huracanes y conflictos bélicos en el caso de la guerra hispano-cubana-estadounidense y su desenlace en 1898, hizo que el negocio creciera, en ocasiones batallando contra las políticas económicas de la metrópoli y también haciendo frente a los contratiempos naturales e, incluso, familiares.

¿Qué sucede con la empresa tras el advenimiento de la República en 1902?

―El Tratado de París garantizó la propiedad extranjera en la Isla. La Vizcaya se encontró entre las pocas empresas españolas que lograron sobrevivir a la guerra. En 1907, el patriarca José dio empleo a su sobrino-nieto José Fermín Iturrioz Llaguno, quien desempeñaría posteriormente un papel decisivo en el negocio familiar. La empresa se destacó en obras de interés público: en 1919, se inauguró en Cárdenas el teatro Arechabala a partir de la estructura inconclusa de un teatro anterior, el teatro Concha. A la bonanza económica del periodo llamado de “las Vacas Gordas”, como consecuencia del alza de los precios del azúcar con la Primera Guerra Mundial, vino la crisis de la década de 1920 aparejada con la llamada Ley Seca en Estados Unidos, una medida que incrementó la llegada de turistas estadounidenses a la Isla en busca de un destino en el que pudieran divertirse, beber, jugar y bailar libremente. La empresa licorera resultó muy beneficiada con esto. 

Teatro Arechabala, en la ciudad matancera de Cárdenas (Foto: Cortesía de la entrevistada)

En 1921, la empresa se convirtió en José Arechabala Sociedad Anónima (JASA), y reunía todos los negocios bajo una misma entidad económica que procedió a la remodelación de naves y espigones del puerto de Cárdenas. En 1923, falleció José, el patriarca de la familia y, un año más tarde, muere también José Arechabala Saínz, su yerno y mi abuelo, con 57 años de edad. Tras su muerte, mi abuela Carmen decide viajar a España pues había recibido mensajes que la amenazaban con secuestrar a su hijo José María (mi padre), de cinco años de edad, si no entregaba ciertas sumas de dinero. Al llegar a España, mi abuela se instaló en Madrid. Pasaba las vacaciones escolares de mi padre con toda la familia en Gordejuela, primero en Villa José y después en Villa Cuba, una casa que amplió y rehabilitó. Esta última aún permanece, detenida en el tiempo, en manos de mis hermanas y de mis hijos.

Según los estatutos de la empresa, el presidente de la firma debía ser un accionista, lo cual la circunscribía a sus hijos o sus cónyuges. Pero la gestión del día a día quedó en manos de José Fermín Iturrioz y Juan Abiega, familiares no descendientes del fundador pero que eran antiguos colaboradores y con un gran conocimiento del negocio. 

Mi abuela Carmen, como propietaria principal de la firma, se mantenía, al menos durante los primeros años de su vida en España, al tanto de todos los pormenores gracias a una correspondencia regular con el director. Se apoyaba en su yerno Miguel Arechabala Torrontegui, que sería posteriormente también presidente de la compañía.

Entierro de José Arechabala en su casa de Cárdenas, el 16 de marzo de 1923
Entierro de José Arechabala en su casa de Cárdenas, el 16 de marzo de 1923 (Foto: Cortesía de la entrevistada)

―Las empresas son un termómetro de la situación económica, política y social del país. ¿Es el caso de JASA?

―Completamente. Para hacer frente a la Gran Depresión de 1929 y a la crisis económica general del periodo de gobierno de Gerardo Machado, JASA se diversificó. De este modo, empezó a abarcar todos los derivados del azúcar para sacar provecho de estos y comenzó a incentivar la producción de dulces, conservas y otros insumos que utilizaban mieles y bagazos, así como alcoholes y licores. Se adentró además en el mundo agrario y compró el central Progreso. JASA se dotó a partir de 1933 de equipos capaces de destilar hasta 4 millones de litros y construyó una nueva planta de miel. Fue en este momento en que empezó a comercializar lo que se convertiría en su ron más célebre para la exportación, el Havana Club, aunque también fabricaba otras marcas como Jamaica, Doubloon Rum y Alco-Elite, este último como alcohol puro destinado a sanidad. Con la abolición de la Ley Seca en Estados Unidos en 1933 los rones de Arechabala podían entrar al país vecino. Havana Club comenzó a viajar en cajas de cartón de 12 botellas a las Islas Canarias, Gran Bretaña, Francia, Uruguay y Puerto Rico.

El movimiento sindical cobró mucha fuerza y la empresa tuvo que hacer frente también a la inestabilidad del mercado laboral a través de garantías, derechos y mejoras salariales para sus obreros. Sin contar que un incendio ocurrido en 1930 obligó a construir un nuevo edificio para la administración. El huracán de 1933, por su parte, provocó la subida del nivel del mar con grandes pérdidas en las instalaciones portuarias. La economía empresarial estaba entonces sujeta a todos estos vaivenes.

―Al parecer la empresa apostó por volverse más nacional, algo que no la benefició cuando después de 1959 fue intervenida y nacionalizada…

―En efecto, a partir de la década de 1930 la empresa desplegó una fuerte campaña de mercadeo en el plano nacional, sobre todo para promover nuevos productos. En 1935 se arrendó el antiguo palacete de los Condes de Casa Bayona, justo en frente de la Catedral de La Habana, e instaló allí sus oficinas, así como un bar privado llamado Havana Club. Por su barra pasaban todos los visitantes importantes que venían a la capital y el sitio era utilizado para eventos nacionales de los que se hacía eco constantemente la prensa. La empresa adquirió el Borghi Park, el estadio de béisbol de Cárdenas, al que puso por nombre Havana Club, y vinculó esta bebida no solo a la pelota, sino también a las competencias de regata en Varadero. 

JASA se centró en campañas publicitarias dentro de Cuba, colaboró con la estación de radio CMGE de Cárdenas, se anunció en revistas y periódicos, participó en las verbenas locales e incluso otorgó premios en concursos nacionales de coctelería como el que convocó por primera vez el Club de Cantineros. 

Publicidad de 1936 del ron Havana Club (Imagen: Cortesía de la entrevistada)

―¿Qué sucedió después?

―Viene entonces una época de expansión de la empresa y el regreso a Cuba de mi abuela Carmen Arechabala y su familia, es decir con sus hijos y nietos: Ignacia Gloria, Carmelina con su marido Miguel Arechabala y mis padres, en 1944. 

Desde 1940 y hasta 1956, como parte de su estrategia de comunicación, JASA empezó a publicar la revista Gordejuela, primero semanal y luego mensualmente, para distribuirla entre empleados, proveedores, clientes y amigos. En este periodo se produjeron importantes remodelaciones, se amplió la flota naviera, se crearon nuevas marcas como el coñac Arechabala, el aguardiente Uva Suprema, la ginebra Aromática Arechabala, el vermut Quirinal, el anís Extra Triple Sec, entre otras. La empresa se dotó de infraestructuras para el bienestar de sus empleados, como un campo deportivo, un restaurante obrero y un parque infantil en Cárdenas, así como de un club social en Varadero. Se construyó un nuevo espigón en el puerto de Cárdenas y se realizaron nuevas obras en el litoral de la ciudad, las que embellecieron y urbanizaron las calles y avenidas cercanas. 

En 1946 fallecieron Miguel Arechabala y Juan Abiega, pilares de JASA, y en cierta forma el nexo de unión y de control de los que llevaban la gestión de la empresa.

Instalaciones de JASA, en la revista ‘Gordejuela’, febrero de 1948 (Imagen: Cortesía de la entrevistada)

―La década de 1950 fue muy convulsa desde la perspectiva política en Cuba. Coincide con tu nacimiento en 1950. ¿Qué recuerdos tienes de tus primeros años de vida en Cuba?

―Cuando mi abuela regresó a Cuba en 1944 en vez de radicarse en Cárdenas lo hizo en Varadero. Esa es la casa de mi infancia, la de mis recuerdos, en Avenida Playa y calles 47 y 48. Ya no existe porque la derrumbaron después de nuestra salida de Cuba y plantaron en el terreno unos pinares.

En realidad, yo viví en Cuba solamente mis primeros ocho años de vida. Toda mi familia materna estaba en Madrid y desde 1954 mis dos hermanos mayores se quedaron también en España para cursar estudios. Fui educada un poco a la antigua, de modo que en Varadero nunca asistí a la escuela porque la enseñanza la recibía en casa. Me escolarizaron en octubre de 1958 en el Colegio Estudio, una institución que fue capital en mi formación porque impartía un tipo de educación muy completa, basada en los principios de la Institución Libre de Enseñanza, con magníficos profesores.

Tras el nacimiento de mi hermana pequeña, Isabel, también en octubre de 1958, mi padre regresó a Cuba, pero cuando mi madre iba a hacer lo mismo acompañada de sus hijas pequeñas, mi padre le aconsejó que no lo hiciera debido a una situación política enrarecida.

A mediados de los años 50 ya se habían incorporado a distintas áreas de la empresa la generación de los nietos del fundador. En 1957 mi padre asumió la dirección de la compañía relevando a José Fermín Iturrioz. Su cuñado Javier Peralata, sus primos y sobrinos José y Juan Malet Arechabala, Nicolás Pita Arechabala, José Miguel Arechabala, Javier Márquez Arechabala, entre otros, fueron sus principales apoyos familiares en la gestión. La presidenta seguía siendo mi abuela Carmen.

Dentro de la propia empresa había una célula del Movimiento 26 de Julio que sacaba químicos de los laboratorios de la fábrica para la fabricación de explosivos que se empleaban en actos de sabotaje contra el Gobierno. Al hacerse pública la huida de Fulgencia Batista, los obreros convocaron a una huelga y la dirección de la célula del M-26 pasó a ocupar también la del sindicato. En abril de 1959 la dirección del M-26 encabezada por José Luis Labrit pidió al Gobierno revolucionario la intervención de la empresa. Las noticias del cierre de esta empezaron a circular en agosto de 1959 y tras un periodo de paro se retomaron las actividades en noviembre de ese mismo año. Pero en diciembre de 1959, Augusto Martínez Sánchez, ministro del Trabajo, dispuso la intervención de JASA, y de ello se ocupó Calixto López, un capitán del Ejército Libertador y primer interventor.

En el momento en que tuvo lugar la intervención de la empresa, mi padre ya no estaba en Cuba. Había regresado a Madrid a mediados de 1959 y nunca más volvió al país hasta su muerte en la capital española el 21 de diciembre de 2005. Tras la intervención, las fábricas de JASA siguieron fabricando los mismos productos. El 13 de octubre de 1960 la empresa fue finalmente nacionalizada mediante la Ley 890, que disponía la expropiación forzosa de todas las empresas industriales y comerciales, fábricas, almacenes, etc. 

Terminaba así casi un siglo de historia de la empresa Arechabala en la Isla, aunque no la de algunos de sus productos que siguieron fabricándose como es el caso del ron Havana Club, hasta el día de hoy.

―Por tu parte materna, tu abuelo es considerado como un pionero del comercio minorista en toda España. ¿Puedes hablarnos de él y del vínculo cubano de la familia?

―Como ya dije, mi madre Carmina Fernández había nacido en La Habana y era hija de José Pepín Fernández, asturiano natural de Grado, y de la habanera Carmen Menéndez Tuya. Pepín había llegado a La Habana décadas antes: allí trabajó para la tienda El Encanto, junto con su primo César Rodríguez. Ya en La Habana, siendo empleado de El Encanto, se convirtió en un innovador en este ámbito pues fue el primero en establecer por primera vez los precios fijos mediante etiquetas para evitar el regateo. También fue el propulsor de la medida comercial de las rebajas.

Mis abuelos maternos se casaron en Cuba y tuvieron tres hijos nacidos en la Isla, entre ellos mi madre, que vio la luz en La Habana, en 1922. A diferencia de José Arechabala, mi abuelo Pepín era un emigrante del siglo XX, no del XIX. Es decir, se había ido a Cuba con la idea de volver a España y eso fue lo que hizo una vez que decidió acabar con su trabajo en El Encanto. De hecho, antes de volver a la Península decidió viajar a Estados Unidos para perfeccionarse. Pepín regresó a España en 1931. En Madrid, fundó primero, en 1934, Sederías Carretas y, en 1943, las famosas Galerías Preciados, consideradas como el primer gran almacén por departamentos de la Península. 

―En tu caso creciste en España. ¿Había algo de cubano en el ambiente familiar? 

―Todo. Mi padre y mis abuelas hablaban con acento cubano. Nuestra “casa indiana” en Gordejuela se llama, como dije, Villa Cuba, y en ella el reloj se detuvo en la época en que vivió mi abuela en la Isla. Todo rezuma Cuba, desde los muebles, objetos y hasta el estilo. Mi abuela levantó su casa de Cárdenas y la trajo a Gordejuela cuando se instaló en ella. En casa se hacían todas las recetas cubanas, algunas de las cuales siguen vigentes en la mía, y la música del cancionero de la Isla nunca faltó en mi universo. A mi padre le fascinaba Olga Guillot; en casa se oía a Celia Cruz, Benny Moré, la orquesta Aragón. Yo hago unos mojitos excelentes. Me considero española, pero no “pata negra”, como se dice aquí. Cuba es mi país y España también lo es.

Villa Cuba, en Gordejuela (Foto: Cortesía de la entrevistada)

―¿Has vuelto a Cuba?

―En efecto. La primera vez fue en 1995 porque estuve en Ciudad de México y, de pronto, tuve la sensación de estar en Cuba. Ya sé que Ciudad de México no tiene mucho que ver con La Habana, pero tal vez por la luz, el olor de las frutas, los ruidos o el ambiente, me sentía como si hubiera vuelto a la Isla. Entonces preparé el viaje aprovechando que una agencia organizaba con un grupo una visita. Pude entrar con pasaporte español, aunque con un visado diferente. Hice el recorrido de todo exiliado que regresa 30 y tantos años después. Es decir, nuestros sitios en Varadero, en Cárdenas, lo que quedaba de la fábrica en esta localidad matancera, La Habana, e incluso Santiago de Cuba. Luego, tres o cuatro años después, volví con mis dos hijos y dos de mis hermanas. Fue nuevamente un viaje familiar, de vuelta a las raíces. Luego he conocido, ya con menos resonancias del pasado, otras partes de la Isla como Pinar del Río y Trinidad.

Y he conocido a personas vinculadas a la música y al arte que me han ayudado a conocer más a Cuba, ya no solo la del pasado, y a sentirla más cercana en mi presente.

Aunque mi padre no quiso volver nunca se alegró de que nosotros lo hiciéramos. Mis raíces están en Cuba y no se puede pensar un país, entender la realidad de todo un pueblo, sin ver con tus propios ojos lo que se vive a diario allí. Yo siempre pongo el ejemplo de los exiliados republicanos del franquismo, quienes se pasaron fuera de la Península casi cuatro décadas. Cuando llegó la democracia volvieron a un país del que desconocían todo porque, entre tanto, las cosas habían ido cambiando, a pesar de todo. En el caso de Cuba es igual. ¿De qué Cuba del futuro se puede hablar si no conoces la de hoy?

Portada del libro ‘Arechabala. Azúcar y ron 1878-1959‘, de María Victoria Arechabala y Antonio Santamaría, Ed. Doce Calles, 2023 (Imagen: Cortesía de la entrevistada)

―Supongo que el enorme y muy bien documentado libro que has publicado sobre la familia Arechabala es casi un deber de memoria familiar, pero también de compromiso con toda una nación.

―Es exactamente eso. El libro tiene 375 páginas y lo publiqué en la editorial Doce Calles con Antonio Santamaría García, doctor en Geografía e Historia de la Universidad Complutense, como coautor. Yo estudié Filosofía y Letras, en la rama de la Psicología, además de ser doctora en Filosofía por la Universidad Complutense, pero no estudié Economía propiamente dicho. De modo que, para entender el proceso de la empresa Arechabala en Cuba, situándola en contextos económicos, sociales y políticos más amplios, la ayuda de un especialista como el Dr. Santamaría fue crucial. Por otra parte, el diseño del libro corrió a cargo de Inés Atienza Arechabala, mi hija, diseñadora gráfica de profesión que lo supervisó y diseñó contribuyendo a su solidez.

El libro posee una abundante cantidad de imágenes y documentos de época, recortes de diarios y revistas, publicidades de los productos Arechabala, datos, citas y bibliografías. Es un libro muy completo que describe la evolución de una auténtica empresa cubana que apostó por lo nacional, más que por la imagen internacional. 

De ese libro que me ha dado mucha satisfacción, ha salido la exposición “Hacer país”, en la que Cristina Vives e Inés Atienza Arechabala como curadoras invitaron a seis artistas cubanos que viven dentro y fuera de la Isla (Alexandre Arrechea, Alejandro Campins, Ariamna Contino, José A. Figueroa, Alex Hernández y Yanelis Mora) a apropiarse visualmente del patrimonio material, espiritual y documental de los Arechabala e interpretarlo según sus propias referencias artísticas. La exposición, un proyecto del Estudio Figueroa Vives, comenzó en marzo de 2025 y se prolongará en La Habana hasta septiembre en Estudio 50, un precioso espacio que era una antigua fábrica de espejos.

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