Interminables colas en las gasolineras: la cara visible de la escasez
- Cuba
- febrero 9, 2026
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MIAMI, Estados Unidos.- “El gobierno exige el pago de los impuestos, el pago de la patente y te castiga si te atrasas un día, ¿y qué te da a cambio? Nada. Ni un tornillo, ni gomas, y ahora ni gasolina. Ni pagando con dólares el gobierno nos vende el combustible. Uno siente que está en una encerrona: te dejan trabajar para cobrarte, pero te quitan con qué trabajar”, dice Orestes, un taxista del sector privado que está en cola para comprar gasolina.
Atrapada entre la ineficiencia interna, nuevas sanciones de Washington y la pérdida de aliados claves, Cuba va hacia una crisis de subsistencia superior a la de los años 90. Expertos advierten que la isla se encuentra a pocas semanas de una quiebra energética total. La situación en Holguín muestra un escenario donde las largas colas de vehículos en las gasolineras se han convertido en parte del paisaje citadino. Aunque el combustible se vende en dólares a un precio de 1,30 por litro, este se agota rápidamente, dejando a cientos de choferes varados. Sin embargo, la irritación de los holguineros no es solo por la espera, sino por la sospecha de que los combustibles se desvían hacia el mercado informal.
“Si en la gasolinera no hay combustible, ¿cómo es que en la calle te lo venden? Ese combustible sale del mismo tanque que a nosotros nos niegan. Te dicen ‘se acabó’ para que te vayas, y a la media hora ves a los revendedores cargando pomos”, comenta Orestes, quien intenta mantener su negocio a flote en medio de la incertidumbre.

Esto no es casual sino una consecuencia directa de las leyes de oferta y demanda en una realidad de escasez extrema. El holguinero Lázaro Benítez lo analiza desde un enfoque económico en el que la necesidad obliga a pagar cualquier precio.
“La escasez crea mercado negro. Si el Estado no garantiza el suministro, aparece el que te lo vende al triple. La gente paga lo que sea porque de la gasolina depende su negocio en el taxi o para cargar mercancías”.
En el centro de este conflicto se encuentran los empleados de los servicentros, quienes deben dar la cara sin tener control real sobre el abastecimiento. “Trabajo en la gasolinera y soy el malo de la película. La gente me grita, me insulta, pero yo no mando. Muchos me ofrecen dinero por ponerlos adelante, pero yo no me arriesgo”, dice a CubaNet un despachador de combustibles que se identificó como Jorge.
Ante la zozobra, las autoridades han intentado calmar los ánimos mediante desmentidos de informaciones publicadas en plataformas digitales. La Unión Cuba-Petróleo (CUPET) negó que se hubiera paralizado la distribución, respondiendo a los rumores que circulaban en redes.
A pesar de esta comunicación, la realidad contradice la versión oficial. El transporte privado, vital para la movilidad en la isla ante la precariedad del transporte público, se encuentra en un punto crítico. “Es desesperante. Pierdo días en la cola y ya ni pagando en dólares tenemos el servicio de gasolina garantizado para trabajar”, dice Lorenzo Portales, un mototaxista.

La rutina de los choferes se ha convertido en una vigilancia constante, donde el vehículo pasa más tiempo detenido que generando ingresos. Roberto Valdés detalla cómo la compra de combustibles en el mercado informal es la única vía para salir a flote, aunque esto signifique trabajar con márgenes de ganancia mínimos o trasladar el costo al cliente. “Mi taxi se pasa más tiempo parqueado en la cola del CUPET que en la carretera. Si no hay gasolina, no hay pasaje; si no hay pasaje, mis hijos no comen. He tenido que comprar la gasolina ‘por la izquierda’ a casi 1.000 pesos el litro, y eso tengo que cobrárselo al pasajero”.
Esta cadena de costos elevados y servicio intermitente genera incomprensión entre los usuarios, quienes a menudo culpan al chofer por los precios. “La gente piensa que porque cobramos caro somos ricos, pero yo llevo dos noches durmiendo en esta cola del CUPET. Si yo no trabajo, mi familia no come, y cuando logro echar gasolina, tengo que cobrar el pasaje al precio del mercado negro, porque el aceite, las gomas y la comida también las compro a sobreprecio”, dice Yosvany Padrón, también en la cola.
La magnitud del problema actual supera las crisis anteriores según la experiencia de quienes llevan décadas frente al timón como Juan Martínez. “Soy chofer hace más de 30 años y esto es de lo peor que he visto. Ahora haciendo cola y pierdo dos o tres días de trabajo. Si no tienes un ‘socio’ en la bomba o no pagas extra, te quedas sin gasolina. Mi familia depende de lo que yo gane día a día, y esto nos afecta”.
Los datos oficiales confirman la parálisis que se observa en las calles. La Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEi) reportó una caída del 93% anual durante los primeros nueve meses de 2025 en el servicio del transporte estatal.
Según la información citada por la agencia EFE, es evidente que hay una crisis en la movilidad gestionada por el gobierno. El contexto internacional agrava este escenario. La pérdida del suministro venezolano tras la inestabilidad política en ese país y las recientes medidas de la administración estadounidense han cerrado el cerco energético. La orden ejecutiva firmada por Donald Trump declara una emergencia nacional en EE. UU. y establece sanciones para quienes envíen crudo a la isla.
El gobernante Miguel Díaz-Canel reaccionó a estas medidas en su perfil de Facebook, calificando las acciones de Washington como un intento de asfixia. En la misma cuerda, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla condenó la declaración de emergencia nacional de Trump a través de su cuenta en X, afirmando que la intención es bloquear totalmente los suministros.
Más allá de la política, los expertos advierten sobre la inminencia de un colapso total si no se encuentran alternativas urgentes. Jorge Piñón, de la Universidad de Texas, da un plazo alarmante de pocas semanas antes de una crisis severa. “Si en las próximas seis a ocho semanas no vemos ninguna entrega de petróleo crudo o combustibles, provenientes de Venezuela, México, Rusia, Estados Unidos, o comprado por Cuba con sus propios recursos, entonces se enfrentarán a una grave crisis. El impacto sería catastrófico, ya que el diésel se utiliza para el transporte de pasajeros y de mercancías, el ferrocarril, la agricultura (tractores), la industria y como combustible para el sistema de distribución de agua, así como la generación distribuida (grupos electrógenos)”.
Por su parte, el economista Pedro Monreal advierte que el escenario podría ser peor que el vivido en los años noventa. En su análisis publicado en X, plantea que la falta de combustible afectaría niveles básicos de subsistencia energética. Monreal explica que una interrupción forzada provocaría un desplome severo en la disponibilidad de energía, con niveles incluso inferiores a los registrados en la década de 1990.
Mientras los análisis macroeconómicos pronostican un futuro incierto, en la cotidianidad de Holguín la lucha es por el día a día. Jorge Tamayo describe cómo la escasez de combustible modifica toda la estructura de precios del transporte urbano: “La gasolina se ha vuelto el nuevo oro. Yo antes cobraba 500 pesos por una carrera, ahora tengo que pedir 1.500 porque me paso la madrugada en la cola del CUPET marcando para ver si la pipa (camión cisterna) llega. Y si no llega, tengo que morir (acudir) con el revendedor a precios altos. La gente se molesta conmigo, pero yo no soy el culpable, yo soy otro eslabón de la cadena”.
Maikel Osorio, otro taxista privado, resume la realidad inevitable de la inflación y la supervivencia. “Si yo tengo que comprar el petróleo por la izquierda a mayor precio porque en el CUPET no hay, tengo que subirle el pasaje a la gente. No es que yo sea un abusador, es que mi carro no camina con agua. La gente se queja de que guardamos combustible, pero si no aseguro mi tanque hoy, mañana mis hijos no comen. Es una cadena: sube el petróleo, sube la comida, sube todo.”