San Blas, la vereda de San Carlos en Antioquia que se llenó de ‘gringos’
- Colombia
- octubre 25, 2026
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La vereda de “los gringos”. Así reconocen en el municipio de San Carlos, en el Oriente antioqueño, a San Blas, y es la prueba fehaciente de una tendencia que se va afianzando: la llegada de extranjeros para asentarse en este territorio que en el pasado estuvo signado por la violencia pero que muchos ven como un paraíso promisorio a futuro.
Daniel Orrego, el secretario de Turismo, apunta que en el pueblo se está planteando el debate de un problema que tiene que ver con el libre acceso al agua, la gentrificación acelerada y la posibilidad de que la población autóctona sufra un nuevo éxodo, ya no por la violencia sino por razones económicas.
Una hectárea de tierra por acá hace poco podía comprarse por diez o doce millones de pesos y hasta por menos, pero hoy día dicen que no baja de 35 a 40 millones.
El espejo en el que no quieren verse es el del municipio de Guatapé o de veredas de San Rafael, como El Arenal, donde progresivamente los campesinos han abandonado el territorio presionados por los altos precios de la tierra y la carestía. En esos lugares se han ido conformando especies de colonias de extranjeros que arriban atraídos por la belleza del paisaje y la tranquilidad. Y es lo que está sucediendo ahora en San Carlos.
Hay desde gente de mucho dinero hasta trabajadores operativos que gracias al cambio de dólares o euros por pesos tienen un poder adquisitivo que les permite por ejemplo laborar seis meses en sus países para venir a pasar cómodos un periodo igual; o jubilados que buscan estirar pensiones que allá no les darían para gran cosa pero acá hasta les facilitan darse pequeños lujos. Y hay hasta los que viven del subsidio de desempleo.
En el caso de San Blas y el área circunvecina, en especial las veredas Patio Bonito y en menor medida La Esperanza, ocurre algo similar a lo que sucede en el vecino departamento de Chocó. Allá todo el que tenga una tonalidad clara de piel es un “paisa”, no importa si es originario de los Llanos Orientales, Bogotá, Manizales Boyacá o Medellín; y acá llaman “gringo” a todo el que habla diferente y ven con ojos claros, cabello rubio o tez clara.
El Municipio no tiene un censo actualizado de estos nuevos pobladores, pero por los testimonios de la misma gente, se estima que han llegado de España, Alemania, Francia, el Reino Unido, y, paradójicamente, una minoría de Estados Unidos.
El apogeo de foráneos comenzó, según dicen, coincidiendo con la pandemia y el boom mundial de los citadinos instalándose en el campo.
Los turistas empezaron a pulular durante los fines de semana, se iban embelesados con las quebradas, charcos y caídas de agua, y luego muchos retornaron con la intención de quedarse de manera definitiva.
Entre los pioneros, cuentan, hay una pareja conformada por una inglesa y un colombiano que prácticamente se crio en el Reino Unido. Resulta que el abuelo de él tenía una finca de unas 70 hectáreas dedicada a la ganadería, aunque de ella también extrajeron mucho material de playa que se empeló en la construcción de la carretera San Carlos-San Rafael.
Cuando el patriarca falleció, el predio quedó en sucesión, pero los hijos tuvieron que abandonarlo por la violencia, y había permanecido así hasta que el matrimonio colombo-inglés tuvo una experiencia de comunión con esta naturaleza exuberante y decidió asentarse cambiando su estilo de vida.
Posteriormente les compraron a varios familiares y vecinos y arrancaron con un proyecto en el que ofrecen la posibilidad de que otros enamorados del planeta se instalen para sembrar y conservar el medio ambiente.
“Ellos manifiestan que acá tiras cualquier cosa al piso y nace, mientras que en Europa tener alimentos rápidos es imposible. Sin embargo, de cierta manera están gentrificando porque no hacen cultivos productivos sino que siembran para el autoconsumo, buscando una soberanía alimentaria”, le dijo a EL COLOMBIANO una persona que pidió no mencionar su nombre.
Como oferta complementaria, programan cursos en los que enseñan a construir con las propias guaduas que se dan en la zona, solo que el costo se paga en dólares y eso quiere decir que estarían prácticamente vedados para los locales, que no cuentan con el mismo poder adquisitivo de las monedas “duras”.
—Si querés hacer un curso de guadua te vale 3.000 o 6.000 dólares. ¿Qué colombiano va a pagar esa plata? Solo lo pagan extranjeros —añadió la fuente.
Otro buen ejemplo es el de Camilo Sánchez y su esposa Celine. Él es un bogotano que residió en Francia durante 15 años y ella detenta la nacionalidad gala. Ahora tienen un bebé.
Camilo relata que, tras su regreso de Europa estaba buscando un lugar para asentarse. Había oído de San Carlos solo por las historias del conflicto armado, y unos amigos del movimiento ambientalista le presentaron la verdadera dimensión de la biodiversidad existente en este lugar, luego de desechar El Arenal –que también es un área con mucha tierra de reserva ambiental– porque ya estaba copado; así adquirieron las 100 hectáreas de la finca La Libélula; parte los dedican al cultivo de cacao y la crianza de algunos animales –vacas entre ellos–, pero la mayoría de esa extensión es para preservar el bosque y las aguas. Asegura que posteriormente, otros aliados de esa gesta se han hecho a 700 hectáreas más.
Para él, el cuento de “los gringos” no pasa de ser un “mito urbano” que genera un mal ambiente para las intenciones positivas que los animan.
No obstante, prácticamente la mitad de San Blas estaría hoy en manos de extraños y la visión que hay es que en muchos casos es gente de fuera la que está haciendo el gran negocio.
La fuente con la que habló este diario con la condición de no mencionarla trajo a colación el caso de un señor que adquirió un predio de 80 hectáreas por 35 millones de pesos en 2018 y en 2022 lo vendió por mil millones a extranjeros.
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A San Blas y Patio Bonito uno se demora entre 45 minutos y una hora en carro desde el parque principal de San Carlos, primero por la misma vía que conduce a San Rafael, unos 15 minutos; luego uno voltea a la derecha cruzando una estructura metálica que es punto de referencia y la gente conoce como Puente Amarillo. Desde ahí se avanza por una carretera sin pavimentar –excepto por unos pocos lunares de placa huella–, aunque suficientemente ancha para que circulen carros de ida y vuelta.
Pocos metros adelante, una pancarta que atraviesa la vía ofrece lotes de 3.000 a 6.400 metros cuadrados, “desde 108’900.000 pesos”, en la reserva San Blass.
No es una parcelación de recreo de las que se promueven tradicionalmente para personas que quieren veranear; lo que permite ver una imagen aérea de dron es un monte tupido de árboles frondosos cercenado por un caudal torrentoso –la quebrada que le da nombre a la vereda y a la reserva– bajando por rocas gigantes.
Siguiendo por la misma vía, uno se encuentra con varias tablas dispuestas al lado de la berma con dos palos toscos como soporte y con el mensaje: “Reserva San Blas. Amigos de la naturaleza. Esta es una zona libre de cacería y minería”.
Le pregunto a Fabio Aguirre, quien va al volante de un motorratón (motocicleta con cubierta), si es verdad que esta zona se llenó de “gringos” y este responde afirmativamente.
–Sí, hay bastantes.
Posteriormente, en el diálogo especifica que se trata de extranjeros y que por acá esto empezó hace tres o cuatro años.
–Qué porcentaje de la vereda puede estar en manos de extranjeros? –le interrogo, y contesta que prácticamente la mayoría de los terrenos les pertenecen.
El conductor del vehículo me dice que más adelante me mostrará dónde vive un español; donde me deja es un sitio silente, sin vecinos; la construcción dista mucho de la especie de mansión que me había imaginado. La entrada es una cerca de púas ensartadas en parales bastos. Adentro, en un garaje a bordo de carretera se ve una moto y una furgoneta blanca; al lado hay una especie de choza con techo de tela negra, porosa, donde aparentemente realizan compostaje, y en lo alto, a mitad de la loma, se divisa una casa de dos plantas, con sótano, hecha aparentemente con materiales de construcción reciclados, sin banqueos y respetando la pendiente.
Otras viviendas en el mismo trayecto comparten la misma estética, lejos del estereotipo opulento que uno esperaría que caracterice al enclave extranjero que aseguran hay por acá.
“Ir a vivir al campo, para nosotros, no es por ejemplo traer lujos, porque lo que estaríamos haciendo es extendiendo la ciudad, lo que en clave de preservación significa un riesgo”, dirá Camilo al respecto.
A pesar de que llamo de forma inisistente, solo contestan los perros con sus ladridos.
Ana Velásquez, habitante de Patio Bonito, reconoce el papel que han jugado algunos extranjeros para proteger los bosques y fuentes hídricas. No obstante, señala que esa no es la generalidad, porque también tuvo un vecino que tumbó el bosque primario para plantar cacao.
Además, asegura que se trata de personas con una idiosincrasia muy distinta a la de la gente del campo, por lo cual es difícil tejer relaciones de vecindad. Fuera de eso, en ocasiones los que cuidan la tierra son mayordomos, en tanto que los propietarios difícilmente se ven.
–De todos los que habíamos hace 20 años ya no estamos sino dos. La gente que se fue por la violencia no quiso volver. Si ya el Gobierno les dio casa en Bogotá o Medellín, ¿a qué van a venir al campo? –se lamenta.
Explica que a su esposo lo desaparecieron y el resto de la familia salió en dos ocasiones (2003 y 2005), pero apenas durante unos meses cada vez, a la zona urbana y a Medellín.
Ya coronando casi una hora de camino, por un ramal de la misma vía se llega a la centralidad de Patio Bonito, que es reconocible solo por un racimo de casas y una pequeña capilla católica de fachada azul. El paisaje natural sigue dominando.
Isaura Rosa Ochoa vive frente del templo y comparte no solo el mismo pasado de Ana, sino su perspectiva con relación a la mayoría de los extranjeros que se convirtieron en sus nuevos vecinos.
En su caso, salió de la vereda en el año 2002, después de que las Farc mataron a su hermana y el cuerpo se tuvo que quedar a la intemperie hasta que lo devoraron los chulos.
Aclara que si bien en la vereda no hubo despojos directos, la vereda se quedó desocupada cuatro años y luego no todos volvieron; eso, da a entender, facilita el movimiento inmobiliario actual, pues los viejos pobladores perdieron el arraigo y se les hace más fácil desprenderse de la tierra, venderla.
Sobre la presencia de extranjeros, apunta que ha tenido cosas buenas porque han dado trabajo a alguna gente, pero lo maluco es que ha sabido que hay que pedirles permiso para usar los charcos o pescar en áreas donde antes no había veda.
Cuenta que su esposo, por ejemplo, trabajó un tiempo con “May”, el apócope con el que llama de pura confianza a Michael James Eakman, el extranjero más conocido en este sector.
Él tiene 60 años y anda con su perro As (como la carta de la baraja); su historia tiene un giro con la de Camilo, porque sí es estadounidense, empresario de casinos en Texas para más señas. También en la postpandemia, por casualidades que él asimila a un “mensaje y un regalo de Dios” arribó a estas tierras.
“Durante ese tiempo vi una publicación en Facebook que anunciaba una tierra grande en la mitad de nada, a bajo precio y totalmente selvática. Decidí viajar al lugar; para llegar debíamos internarnos tres horas a caballo o mula por la selva. Al ver las primeras cuatro cascadas quedé impactado. Aunque al principio tenía todos mis recursos comprometidos en un proyecto del casino en Medellín, decidí no continuar con esa inversión y regresar a San Carlos”, remembra.
Compró 200 hectáreas y aunque asevera que su objetivo también es mantener los bosques intactos, ya diseñó un proyecto de complejo dirigido a turistas extranjeros llamado Jaguar Falls, en alegoría a las múltiples caídas de agua que ha encontrado en su extensa tierra: van 26 y espera que haya muchas más en la espesura tropical que no ha terminado de reconocer.
El plan comprende tres resorts ecológicos semiprivados, pero también vendería un puñado de lotes a socios exclusivos. La inversión presupuestada se acerca a 20 millones de dólares.
En etapas posteriores habría también, entre otras cosas, un lago privado y Eakman plantea igualmente construir un aeropuerto pequeño cerca del casco urbano que sería –según dice– un obsequio para los sancarlitanos.
De vuelta por la vía destapada, el martes pasado, cuando este diario visitó la zona, había cerca de ocho mujeres sentadas en ronda al lado de un charco. A la legua se notaba que eran forasteras.
Al tratar de abordarlas para conocer su testimonio de lo que ha sido la convivencia con los lugareños, una de ellas, con acento español, dijo que no estaban en condiciones de atender a extraños. Varias llevaban el torso desnudo, algo que evidentemente suele no acompasar con el pudor de los campesinos andinos.
Con relación al choque cultural, el secretario de Turismo insiste en que “son los visitantes y no los residentes los que deben adaptarse a las costumbres locales”.
Turismo campesino, ¿la alternativa?
“Tengo 37 años de edad y he vivido casi toda mi vida acá; solo me desplacé temporalmente por el conflicto y por motivos académicos o laborales. Mi propósito siempre ha sido estar aquí porque me gusta la gente, la originalidad y el ambiente de pueblo”. Así expresa el secretario de Turismo y Desarrollo Económico de San Carlos, Daniel Orrego, su prevención de que se produzca un nuevo éxodo de habitantes de esa población, pero no por razones de violencia sino debido al costo de la tierra, dentro del proceso de gentrificación que está sufriendo.
Explica que desde la dependencia que él dirige, la cual fue creada apenas en 2025, estan modelando una estrategia para contrarrestar ese fenómeno. Consiste en un modelo de turismo campesino.
“El objetivo es articular la labor del campo con el turismo para brindarle mejores ingresos al campesinado sin que pierda su esencia, reconociendo que ‘sin campo no hay ciudad’”, apuntó.
En esa medida, se ideó un pasaporte que incluye el acceso a 20 atractivos distribuidos en los 733 km² que componen el territorio (78 veredas y 3 corregimientos), buscando que el visitante pernocte y haga los respectivos recorridos.
Bloque de Preguntas y Respuestas
- ¿Por qué llaman a San Blas, en San Carlos, la vereda de los gringos?
- ¿De qué países provienen los extranjeros que están comprando tierras en San Carlos?
- Los nuevos pobladores provienen principalmente de países europeos como España, Alemania, Francia y el Reino Unido, aunque también hay estadounidenses. El municipio no cuenta con un censo actualizado que permita establecer cuántos extranjeros viven actualmente en San Blas y sus veredas cercanas.
- ¿Qué es la gentrificación rural y cómo afecta a San Carlos, Antioquia?
- La gentrificación rural es un proceso en el que la llegada de nuevos residentes con mayor capacidad económica incrementa el valor de la tierra y el costo de vida, lo que puede dificultar la permanencia de los habitantes tradicionales. En San Carlos existe preocupación por la posibilidad de que los campesinos vendan sus predios y se vean obligados a abandonar el territorio por razones económicas, como ya ha ocurrido en zonas de Guatapé y San Rafael.