Aceite por onzas para malcomer: así sobreviven familias cubanas a la subida de precios
- Cuba
- septiembre 9, 2026
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«Vivir solo para malcomer«, así define Anaisa, maestra de primaria, la preocupación de cómo alimentar a sus dos hijos. La agonía comienza en las mañanas, cuando compra pan a los vendedores callejeros y lo adereza con unas goticas de aceite.
«Me levanto y me acuesto pensando en la comida, en cómo comprarla y cocinarla, esto es un sin vivir. Hago maravillas con el pomito de aceite de ocho onzas, que es el que puedo comprar. Lo uso como un sazonador porque le echo dientes de ajo y así me ahorro el sofrito», explica.
Anaisa compra el pomito de ocho onzas a vendedores callejeros, que en estos días son casi los únicos proveedores del aceite en la ciudad de Santiago de Cuba. La ausencia del producto en las mipymes santiagueras no se debe a un tope de precios por parte del gobierno municipal —el límite de 2.500 pesos sí fue aplicado oficialmente en el vecino municipio de San Luis—, sino a los elevados precios mayoristas del aceite, que estarían obligando a mipymeros y cuentapropistas a elevar el precio minorista a más de 5.000 pesos el litro, además de «ralentizar las ventas y atraer a inspectores con sus multas ante las protestas de los clientes», dice un vendedor que pide anonimato.
Los topes no han bajado el precio del aceite, han hecho que se venda clandestinamente y que se encarezca más por el riesgo que asumen los vendedores informales. La ventaja de estos sobre los mipymeros es la posibilidad de porcionar el aceite según el dinero que el cliente posea. Joel, un vendedor de aceite en el barrio de Los Pinos, cuenta cómo obtiene el producto.
«El aceite se consigue en las mipymes mayoristas, pero hay que comprar el contenedor entero. Cómo no tenemos todo ese dinero, lo que hacemos es reunir compradores hasta que se completa el precio del contenedor», explica. «Entonces, pagamos, el dueño lo abre y cada cual se lleva su parte. Cuando haces la cuenta, una botella de aceite sale a entre 4.500 y 5.000 pesos, no puedes venderla en 2.500. Además, hay una cadena: el que compra el aceite pone un precio, y los que venden en la calle también necesitan ganar, por eso una botella está tan cara. Mientras suba el dólar, sube el aceite, porque ese mayorista compra el dólar a precio de la calle», añade.
El fraccionamiento de la botella de aceite para la venta en pomos reciclados de productos médicos es el salvavidas de los cubanos de a pie, porque los vendedores «se adaptan» al dinero que tenga el cliente. Los precios de las botellas de 900 mililitros y un litro (4.500 y 5.500, respectivamente) representan más del 70 porciento del salario promedio en el país. El pomito de aceite de ocho onzas (menos de 240 mililitros) cuesta 700 pesos, y el de cuatro onzas (menos de 120 mililitros) se paga a 350. Esas son las cantidades mínimas que hoy compran la mayoría de los santiagueros.
«Aquí casi todos compran los pomitos, principalmente los que valen 350 pesos. Casi nadie compra una botella porque todos los días hay que comprar una libra de arroz, o de viandas o un picadillo para completar una comida«, dice Alicia, ama de casa. «Hace unos días hubo una mipyme que vendió botellas de 900 mililitros en 3.800 pesos y volaron; seguro los revendedores se las llevaron todas. Yo compro mis cuatro onzas de aceite cada dos días; le echo un poquito al agua del arroz y otro poquito al picadillo, y así voy tirando y estoy comiendo con aceite», detalla
Estas ventas por onzas no son nuevas en Santiago de Cuba. En los barrios más pobres de la ciudad, como Chicharrones y Nuevo Vista Alegre, es una práctica común desde hace meses, según cuenta Ariana, vecina del último barrio.
«La media libra de aceite por persona de la libreta (de racionamiento) nunca alcanzó, y aquí en el barrio, cuando se te acababa, comprabas el aceite por onzas que (los vendedores del mercado informal) medían con un biberón, y podías hasta comprar fiado», recuerda. «La diferencia es que el poquito que comprábamos era para una comida, ahora ese mismo poquito cuesta el triple, hay que ahorrarlo para dos o tres días y tienes que pagarlo al momento», compara.
Para Joel, vendedor informal de aceite, salir con su mesita es un riesgo. «Cada día salgo con dos jabas, la de ganar y la de perder. Pongo mi mesita y los pomitos de aceite, y el gobierno sabe de la venta de aceite informal, pero también sabe que somos la válvula de escape porque las mipymes no lo están vendiendo. Si nos recogen, se acaba el aceite en la ciudad. No hay aceite ni en las tiendas en dólares, que también están vacías», concluye.