Antioquia se está quedando sin bebés, nacimientos cayeron 43%: ¿qué razones lo explican?

Antioquia se está quedando sin bebés, nacimientos cayeron 43%: ¿qué razones lo explican?

Juan José es el único bebé que ha nacido este año en el hospital San Pablo de Tarso, el municipio con la tasa de fecundidad más baja de Antioquia con solo 0,3 hijos por mujer, una caída del 77,7% desde 2008. Los números de ese pueblo —asentado en lo alto de las montañas del Suroeste, a 11 kilómetros de la autopista 4G que cruza el cañón del río Cauca y famoso por ser cuna del beato Jesús Aníbal Gómez, asesinado en la Guerra Civil española en 1936— dejan boquiabiertos a cualquiera, en 2025 solo se firmaron 15 registros civiles de nacimiento y este año solo van seis; en el programa de control prenatal quedan 13 embarazadas.

—Antes existía el deseo de conocer la ‘pinta’, ya no, los muchachos quieren vivir otras cosas —dice Omar Obando Gallego, director de Telepueblorrico, la empresa que provee de televisión e internet a Tarso—. Es un municipio de tradición cafetera, en la que no ha sido fácil levantar hijos por la pobreza. Por eso muchos no quieren trabajar en el campo —añade Obando.

Pero Tarso no es un caso aislado. Cerca de su indicador de sólo 0,3 hijos por mujer le siguen Fredonia, Valparaíso y Guadalupe que registran una tasa global de fecundidad de 0,4. Luego están Puerto Nare, Venecia, Armenia, Jericó, Pueblorrico y Santa Bárbara que cierran el grupo de los 10 municipios con menor fecundidad, todos con una tasa global de 0,5.

Al otro extremo está Murindó (Urabá), que tiene una tasa global de 2,1 hijos por mujer, ubicándolo como el único de los 125 municipios del departamento que todavía supera el umbral de reemplazo; los otros 124 ya están por debajo de ese nivel para renovar su población. Es decir, hoy tienen una fecundidad equivalente a menos de la mitad del mínimo necesario para renovar su propia población.

Juan Manuel Lema Hurtado, gerente del Hospital San Pablo de Tarso, explica tres de los motivos del desplome de la natalidad: uno, los programas de planificación familiar que han disminuido los embarazos no planeados; dos, el fácil acceso ahora a procedimientos que antes eran lejanos y costosos, como ligadura de trompas y vasectomías; y tres, la dispensación gratuita de pastillas anticonceptivas e implantes subdérmicos.

—Uno ahora habla con un campesino y también se compra sus condones, es otra generación que piensa diferente, dice.

Otra razón del porqué Tarso tiene la caída de nacimientos más pronunciada de Antioquia la da Lizeth Alejandra Vélez, enfermera jefe del hospital. Afirma que las mujeres en edad fértil migran a la ciudad por estudio o trabajo y que las que quedan en el pueblo o están en el programa de planificación familiar o dicen que tienen intención reproductiva a largo plazo.

—Hemos tenido tubectomías (ligadura de trompas) con mujeres muy jóvenes que nos dicen que no quieren tener hijos y de una vez acceden a un método definitivo, dice.

—Ahora se fomenta que las mujeres accedan a educación superior; salen del colegio y buscan estudiar técnicas o tecnologías, esa ahora es la prioridad, antes que formar una familia —dice Isabel González Sánchez, médica general y encargada del programa de gestantes en Tarso, y quien atendió el parto de Juan José.

Carlos Ríos, el notario del pueblo, cuenta que el registro civil de nacimiento es un trámite casi que en desuso en su oficina. Como ejemplo cuenta el caso de Tacamocho, la vereda donde nació. —Los abuelos de mi papá fueron colonizadores en Tarso. En Tacamocho trabajaban entre 300 y 400 personas, las fincas tenían agregados; hoy ya no queda nadie para trabajar. A mis tíos Nepo, Ratón y Jaime, ya todos veteranos, les toca trabajar en los cafetales de la familia.

La violencia es otro factor, no solo de Tarso sino del Suroeste entero. El 2025 fue el año más violento de la historia de la subregión, 320 homicidios en los 23 municipios, una cifra que superó incluso los picos de 2020 y 2021, cuando se rompió por primera vez la barrera de los 300 casos —312 y 306, respectivamente—. El contraste con hace 15 años es brutal: entonces se registraron 81 asesinatos en todo el año.

El conflicto no solo desplaza, también incide en la caída de la natalidad, porque la violencia se ensaña con los adultos jóvenes, la mayor concentración de homicidios ocurre entre los 25 y los 34 años, justamente la población en edad de formar familias. —Esa es otra razón. Nos ha afectado bastante el orden público, han matado mucho joven en las últimas décadas, dice Obando, el director de Telepueblorrico.

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¿Antioquia y Colombia se están quedando sin bebés?

La Tasa Global de Fecundidad —la misma que tiene a Tarso liderando la caída de nacimientos— es un indicador que los expertos usan como brújula. Mide, en términos simples, cuántos hijos tendría en promedio una mujer a lo largo de su vida reproductiva. Para que una población se renueve por sí sola, sin depender de la migración, esa tasa debe ser de al menos 2,1 hijos por mujer. Por debajo de ese nivel, la población envejece y eventualmente disminuye.

Antioquia está en 0,9, según el Dane. Menos de un hijo por mujer en promedio. En 2008, desde que hay registros, esa misma cifra era 1,9. El descenso fue del 51,5% en 17 años. Incluso, la fecundidad cayó 40% entre 2015 y 2025. Esto ha impactado el número de nacimientos, en el 2025 nacieron 51.254 bebés, lo que representa una caída del 43% frente a 2008.

Esto no es un fenómeno exclusivo del departamento. Colombia registra 1, Corea del Sur 0,72; España 1,15; e Italia 1,20, con base en datos del Banco Mundial. Pero la velocidad a la que Antioquia está llegando a esos niveles hacen del caso departamental uno de los más dramáticos del país porque la fecundidad lleva más de una década cayendo, aunque hay un quiebre a partir de 2022.

Esa tasa era de 1,9 en 2008. Bajó a 1,5 en 2012, se mantuvo relativamente estable hasta 2019 cuando alcanzó 1,4. Hasta ahí, el descenso era lento y previsible, pero tras la pandemia el ritmo aceleró. En 2022 la tasa llegó a 1,2 y cayó a 0,9 en 2025.

En cifras generales el panorama es más alarmante. Por ejemplo, el dato del 2025 equivale a una caída de 1,8% frente al 2024, cuando nacieron 52.171 bebés. Incluso, el descenso es más pronunciado entre 2023 y 2024, cuando la disminución fue 11,6%, tras nacer 59.017 niños. La tendencia se repitió entre 2022 y 2023 con una caída de 11,6%.

Los números están acorde a los datos del país, que en 2025 registró apenas 433.678 nacimientos, la cifra más baja en la última década, para una caída del 4,5% frente al 2024.

¿Por qué los colombianos tienen menos hijos? Es la pregunta que resuena cada vez que el Dane presenta las cifras de nacimientos del país. La caída de la natalidad no responde a una sola causa, sino a una mezcla de factores. Además, este fenómeno, que los expertos denominan el paso del “bono” al “impuesto demográfico”, está reconfigurando la salud, la educación, el mercado laboral, las pensiones y la sociedad.

“El número de nacimientos que hoy registra Colombia se encuentra ya cerca de la mitad de lo que se tenía hace 20 años”, advierte Jairo Humberto Restrepo Zea, profesor de Economía y coordinador del Grupo de Economía de la Salud de la Universidad de Antioquia. Y Antioquia, con Medellín a la cabeza, va más rápido que el promedio nacional, agrega.

Piedad Urdinola, directora del Dane, dice que, luego de la pandemia, Colombia registró las caídas anuales más pronunciadas en nacimientos, entre 10% y 12%; y que el dato de 2025 (4,5%) es solo moderación de la tendencia. “Es lo que venimos viendo ya desde hace más de una década. El país ya alcanzó unos bajos niveles de fecundidad, solamente que esa caída de los nacimientos se aceleró en los años después de la pandemia”.

Silvia Otero, profesora de la Universidad del Rosario y doctora en Ciencias Políticas, aclara que lo sucedido en Colombia no es un caso único o aislado, sino que esas reducciones “se están observando en casi todos los países del mundo. En la mayoría está ocurriendo una tendencia más acentuada de disminución”.

Pero Otero advierte que hay algo que distingue a Colombia de otros países de América Latina, “la pendiente de la disminución es más pronunciada”.

Asimismo, Alejandro Barrera, doctor en Demografía, detalla que la caída en los niveles de fecundidad en Colombia es un fenómeno natural de la transición demográfica que se ha registrado en los siglos XX y XXI en todos los países, “con diferentes velocidades asociadas al avance económico, social y cultural”.

Urdinola calcula que la fecundidad empezó a caer desde los años 70. Lo que cambió en la última década fue la velocidad y la profundidad. “En Colombia ha sorprendido en la última década el descenso acelerado en las estadísticas de natalidad”, reconoce Barrera, “lo cual envía señales de que dicha transición demográfica puede deberse a unas razones acumuladas en el tiempo”.

Tras este fenómeno sociológico global, por el cual ya transitaron otros países hace un buen tiempo, Alfredo Álvarez Orozco, director de Currículo de la UPP Bucaramanga, detalla que ese cambio se ve en el paso de familias de más cinco hijos, propias del siglo XX, a hogares de dos, uno o ningún hijo. “Hoy incluso existe lo que se llama familia multiespecie, parejas que sustituyen los hijos por mascotas, o que simplemente deciden vivir sin ninguno de los dos”.

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¿Más educación, menos hijos?

Una de las transformaciones ocurrió en las aulas. Colombia llegó a un punto en que las mujeres tienen, en promedio, más años de escolaridad que los hombres. Urdinola lo describe como un hito en la natalidad. Y más educación implica más inserción en el mercado laboral. “Aunque todavía seguimos teniendo unas tasas de participación 20 puntos porcentuales en promedio frente a las de los hombres, las mujeres prefieren educarse para luego tener acceso al mercado laboral”.

El problema es que ese acceso no es inmediato ni lineal, debido a que las mujeres siguen asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado, lo que las pone ante una encrucijada entre el empleo y el cuidado. “Tienen que dedicar mucho más tiempo a los cuidados, sobre todo los cuidados de los menores. Muchas veces terminan renunciando al mercado laboral”, explica.

El resultado, según Urdinola, es que “las mujeres empiezan a tener menos hijos para tener menos de esas presiones”. La maternidad se convierte, para muchas, en un cálculo de oportunidad, recalca la directora.

Juliana Morad, directora del Departamento de Derecho Laboral de la Javeriana, recuerda que varios estudios indican que la caída en la tasa de natalidad se debe a que las mujeres siguen asumiendo de manera preponderante las labores de cuidado no remunerado de los hogares. “Ante la revolución femenina y el crecimiento del feminismo en Latinoamérica, y por supuesto una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral, lo que pasa es que las mujeres deciden no tener hijos porque sacrifican tiempo”.

Barrera añade otro ingrediente y se refiere a “las modificaciones sociológicas internas de los grupos hacia la proyección personal, profesional y laboral, especialmente en los jóvenes”. Es decir, el proyecto de vida dejó de girar exclusivamente alrededor de la familia, ahora la carrera, el ingreso propio y la independencia compiten con la crianza.

Otro factor, para Otero, son las decisiones deliberadas y permanentes, ya que en Colombia “hay una penetración de métodos definitivos de esterilización. El porcentaje de personas, tanto hombres como mujeres, que han optado por ligadura de trompas o su equivalente masculino ha aumentado muchísimo”.

Según Profamilia, entre 2020 y 2023, las vasectomías aumentaron 44% en Colombia. Por cada dos ligaduras de trompas que realizó la entidad en ese periodo, practicó una vasectomía.

“Las decisiones reproductivas ya no están pasando solamente por las mujeres”, señala María Quintero, economista e investigadora de la Universidad EIA con experiencia en economía feminista. Para la académica, esto es una señal de que los hombres están participando más en el cuidado de los hijos y, al darse cuenta de la carga que implica, también se involucran más en la planificación. Pero advierte que la carga del cuidado sigue siendo desproporcionada, debido a que la maternidad tiene costos altos para las mujeres en tiempo, ingreso, autonomía y bienestar. “Eso pesa en la decisión”.

Urdinola lo resume así: “Con el acceso a los métodos anticonceptivos modernos y los servicios de salud sexual y reproductiva que se han masificado, más los temas de educación y mercado laboral, pues se refuerzan todos estos patrones que nos llevan a menores nacimientos en el país”.

Entre los datos que comparte el Dane hay uno que es tanto un avance social como una señal del cambio demográfico. Los nacimientos de madres adolescentes, aquellas entre 15 y 19 años, representaban el 20,1% del total de nacimientos en 2016. En 2025 ese porcentaje cayó al 13,4%. Al mismo tiempo, el grupo de madres de 30 a 34 años pasó a representar el 20,1% de los nacimientos. Es decir, hoy nacen más hijos de mujeres en sus treinta que de adolescentes.

“Lo que estamos viendo es un envejecimiento en la maternidad, o se está posponiendo la maternidad a edades más avanzadas”, explica Urdinola, quien agrega: “Sin duda alguna es un logro socioeconómico del país, que las niñas y las adolescentes puedan cerrar sus ciclos educativos, que puedan seguir adelante con toda su formación y luego con la inserción en el mercado laboral”. Las mujeres no solo están teniendo menos hijos, sino que también los están postergando.

Sandra Vélez, jefe del Departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Antioquia, aterriza las cifras en el departamento y calcula que la edad promedio para el primer hijo en Antioquia aumentó de 22,7 años en 2005 a 24,4 en 2024. En Medellín específicamente, la edad media de fecundidad es de 28,3 años, la más alta del país después de Bogotá.

También hay una reducción en los nacimientos de niñas de 10 a 14 años, uno de los datos que Urdinola califica como “las cifras más dolorosas que producimos desde el Dane”. Prosigue diciendo que “esto tiene que ver también con un avance en términos de salud pública, derechos sexuales y reproductivos, y está asociado con mayores oportunidades en el mercado laboral”.

Las expertas coinciden en que esto tiene un precio demográfico porque cuando la maternidad se pospone la ventana biológica para tener varios hijos se estrecha, y el número total de nacimientos cae. A eso se suma un factor estructural en Colombia, el mercado laboral todavía penaliza la maternidad. Es decir, muchas mujeres enfrentan una disyuntiva si crecer profesionalmente o tener hijos.

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95.000 alumnos menos en clase en Antioquia

Por otro lado, la caída en el número de nacimientos no solo tiene en aprietos a los fabricantes de teteros y pañales. Los educadores de todo el país —y en especial los de Antioquia— llevan tiempo mirando las mismas cifras sin encontrar respuesta.

Antioquia pasó de tener 515.000 niños en los salones en 2015 a unos 420.000 matriculados hoy. La matrícula en primaria, secundaria y media en el departamento disminuyó un 4% entre 2019 y 2023, un ritmo más rápido que la disminución de la población en edad escolar (6-16 años), que fue de sólo 1,8% en el mismo periodo.

Este año hay 85 sedes que no tienen ningún estudiante matriculado. Además, en 359 de las 4.300 sedes educativas del departamento hay menos de cuatro estudiantes.

El año pasado contamos la historia de la escuela de Antioquia en la que sólo quedó una estudiante. Era la sede rural de la Ilusión, en San Carlos (Oriente), donde la profesora Katherine le dio clases todo el año solo a Salomé, su única alumna. Los campos escurridos por la guerra en las últimas décadas, el abandono del Estado y la reducción de nacimientos explican la inusual imagen de un salón con una profesora y un niño.

En Medellín también se vive el bajón de niños. Según reportes de la Secretaría de Educación Distrital, desde 2023 se han cerrado nueve colegios, tres escuelas, tres jardines infantiles y una institución educativa para adultos.

Mónica Ospina Londoño, secretaria de Educación de Antioquia y exdirectora de Medellín Cómo Vamos, detalla que esta situación es especialmente crítica en regiones como el Suroeste —donde queda Tarso—, aunque el fenómeno de sedes con menos de 15 estudiantes se extiende a 114 municipios de Antioquia.

Para mitigar este escenario, la estrategia de la Secretaría no es cerrar las sedes, sino transformarlas en centros de servicios para toda la comunidad, aprovechando que suelen ser la única presencia del Estado en zonas remotas. Como parte de este plan, se han instalado antenas de Starlink en 800 sedes educativas rurales (con la meta de sumar 400 más), permitiendo que la conectividad beneficie también a las familias y facilite servicios como la telemedicina. A futuro, se contempla adaptar estos espacios para el cuidado del adulto mayor, dada la tendencia de envejecimiento de la población, mientras se mantiene un enfoque prioritario en la primera infancia vulnerable en Urabá y Bajo Cauca, donde la natalidad sigue siendo alta.

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Lo que la caída de la natalidad le costará a la educación

Alfredo Álvarez, director de Currículo de la Universidad Pontificia Bolivariana y magíster en Pedagogía, pone el dato que antes era la regla y hoy es la excepción, en el siglo XX, una persona que terminaba el colegio o la universidad podía engancharse de inmediato a un contrato de término indefinido, con prestaciones y subsidios familiares. “Hoy la inestabilidad laboral es la norma y eso cambia el cálculo de tener hijos”.

A eso se suman más años de estudio, proyectos de vida más diversos y decisiones reproductivas más planificadas. María Fernanda Quintero, economista e investigadora de la Universidad EIA con experiencia en economía feminista, lo observa semestre a semestre en sus clases, por eso, asegura que “antes no nos cuestionábamos si íbamos a tener hijos. Hoy sí. Cada vez menos manos se levantan cuando pregunta a mis estudiantes si planean ser padres o madres”.

El primer sector en recibir el impacto directo de este declive es el escolar. Según datos del Ministerio de Educación y el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana, entre 2010 y 2023 la matrícula en educación regular se desplomó un 11,9%, perdiendo más de 1,3 millones de estudiantes.

Esta reducción ha tenido una consecuencia física irreversible, 6.263 sedes educativas han cerrado sus puertas en los últimos seis años. Por eso, Gloria Bernal, directora del LEE, advierte que si hay menos nacimientos, disminuye la demanda y los ingresos de los establecimientos, lo que termina en clausuras masivas. En Medellín, el panorama es igualmente crítico, con el cierre de 16 instituciones desde 2023 y una tasa de fecundidad de apenas 0,9 hijos por mujer.

En ese orden, Orozco agrega: “Si tenemos menos niños en el jardín infantil, menos en básica primaria, menos adolescentes en el bachillerato, por supuesto tendremos menos adultos jóvenes en la universidad”. La consecuencia directa es una caída en la matrícula de pregrado, la principal fuente de ingresos de casi todas las universidades del país.

Orozco indica que las universidades colombianas dependen en un 90% de la matrícula de pregrado para subsistir. “Eso tiene que cambiar. Las instituciones de países desarrollados que encabezan los rankings mundiales no viven de los estudiantes sino de la investigación, las patentes, la consultoría y la transferencia de tecnología al sector productivo. Colombia todavía no tiene esa infraestructura, pero no puede seguir ignorando la necesidad de construirla”.

Las proyecciones de la Universidad Eafit, con base en datos del Dane, muestran que entre 2025 y 2035, la población de 17 a 21 años, el núcleo del mercado universitario, bajará en alrededor de 88.000 personas. La reducción más fuerte, cercana a medio millón, se sentirá entre 2035 y 2045.

Quintero, por su parte, advierte que el problema no es solo cuántos jóvenes hay, sino cuántos tienen acceso real a la educación superior. Afirma que la tasa de cobertura bruta en 2024 fue del 58% y la tasa de tránsito inmediato a la universidad apenas llega al 45,94%. “Demográficamente puede haber menos jóvenes, sí, pero socialmente sigue existiendo una deuda enorme de acceso”.

Para ella, la respuesta no puede ser solo competir por un grupo más pequeño de estudiantes. Hay que abrir más puertas a quienes históricamente han quedado por fuera como mujeres cuidadoras, jóvenes rurales, personas de bajos ingresos, estudiantes que trabajan y desertan.

¿Menos estudiantes puede ser una oportunidad? Orozco cree que sí, si las universidades se atreven a repensar su oferta. No todo joven que se gradúa del colegio necesita un título profesional de cinco años. Las formaciones cortas, técnicas, tecnológicas, con certificaciones adicionales que agreguen valor al perfil laboral, son caminos que en Europa ya funcionan y que en Colombia se han abierto pero sin la suficiente velocidad.

“Estos jóvenes quieren una rápida inserción al mundo del trabajo y también quieren conocer el mundo, migrar, estar en otros países”, dice. La universidad tiene que decirle algo a esa generación, llegar con temas y metodologías que le resulten cercanos. Si no lo hace, esos jóvenes encontrarán otras rutas.

Quintero suma otro ángulo en relación con una población estudiantil más pequeña puede traducirse en grupos menos numerosos, más acompañamiento y mejor atención a la diversidad. Pero eso no ocurre de forma automática. “Tener menos estudiantes no garantiza una educación más humana o personalizada. Eso solo pasa si el Estado y las instituciones deciden convertir el cambio demográfico en políticas de calidad”.

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¿Jóvenes tienen menos relaciones?

Hay una causa que agrega la profesora Otero, se refiere a que los jóvenes en edad reproductiva tienen menos espacios de relacionamientos que las generaciones anteriores. “Se observa que los jóvenes, sobre todo en edad reproductiva, salen menos, tienen menos amistades, dedican mucho más tiempo a la interacción online, esta no deriva en encuentros, en romances, en sexo ocasional. No ocurre eso”.

La pandemia fue el acelerador de esa tendencia. “Hay unas generaciones que en otros contextos habrían estado socializando, saliendo, yendo a bares y divirtiéndose. Pues eso ya ocurre menos”, dice Otero. Y agrega que la penetración de celulares y redes sociales en Colombia siguió el mismo patrón que en los países más afectados por esta caída.

Barrera también menciona este factor, aunque desde otro ángulo al decir que hay “migración internacional de personas en edad de trabajo y reproducción sexual, sobre todo menores de 30 años”. Es decir, no solo quedan menos jóvenes en el país, y los que se quedan están transformando sus hábitos de vida de maneras que reducen la probabilidad de formar una familia.

Otero agrega que las alternativas al tiempo libre cambiaron de manera tan profunda que la crianza quedó en desventaja comparativa. “La socióloga Alice Evans dice que una de las razones por las cuales se está dando esta disminución de la natalidad es porque ahora hay muchas otras alternativas. Y son muy chéveres y divertidas. Yo me puedo quedar en casa viendo películas, tengo Netflix, estoy con un celular y tengo como mil opciones de entretenimiento”.

El razonamiento de Evans, que Otero explica, es que “todo ese sacrificio, esas labores y eso que toca hacer para criar una familia y tener unos hijos ya no son tan atractivos para muchas personas”.

Esa exposición eleva las expectativas de lo que significa criar bien a un hijo. “Cuando las personas dicen que no se reproducen porque no tienen la plata suficiente para tener un hijo bien, eso explica de forma muy válida la decisión individual. Pero lo que está detrás es una estructura social que ha cambiado muchísimo, que permite a la persona hacerse esa pregunta”, remata Otero.

¿La economía es la culpa?

El argumento económico es el más repetido entre quienes debaten la caída de nacimientos. Por ejemplo, según un estudio de la Universidad EAN, criar un hijo en Colombia puede costar hasta 2.500 salarios mínimos. A eso se suma el precio de la vivienda nueva sube por encima de la inflación del 5% y el empleo informal supera el 50% de la fuerza laboral.

Barrera reconoce que “las condiciones económicas de los hogares de las nuevas generaciones sí afectan” la decisión. Pero advierte que eso “no explica todos los casos, porque tenemos ejemplos de países con altos niveles de riqueza que de igual manera han reducido sus niveles de fecundidad en el tiempo”.

No obstante, la economista Quintero enfatiza en que criar cada vez es más costoso y muchas personas sienten que no tienen las condiciones materiales para asumir esa responsabilidad más de una vez. “A los sumo tienen un hijo o una hija, y ya no más”.

Un estudio reciente del Fondo de Población de las Naciones Unidas reveló que más de la mitad de los encuestados señala obstáculos económicos como la razón principal para no tener los hijos que desea, y concluye que las condiciones para tener hijos se han vuelto cada vez más difíciles de alcanzar. En Colombia, esa dificultad se expresa en inestabilidad laboral, falta de vivienda asequible y ausencia de sistemas de cuidado accesibles.

Otero, por su parte, cuestiona el argumento económico, “hay que preguntarse si en los años 80 las cosas estaban mejor, o en los 90, o en los 60. Las cosas siempre han sido inestables, ha habido dificultades, ha sido caro tener hijos. Y la gente igual los tenía”. Lo que cambió no fue solo el ingreso, según Barrera y Otero, sino la pregunta misma que los jóvenes se hacen sobre cómo quieren vivir.

Ante esto, Barrera argumenta que no es cuestión simplemente de postergar. “En muchos casos, la posibilidad de tener hijos es negada como futuro opcional para los jóvenes, simplemente porque no quieren tener una familia convencional que involucra una unión matrimonial con hijos”.

Incluso, el economista reconoce que hay una “tensión compleja entre las expectativas generacionales y los resultados de un modelo económico y laboral que es cambiante”. Por eso, insiste en que esa tensión pesa, pero no es el único motor, “puede deberse a razones acumuladas en el tiempo, cambios estructurales de la cultura en torno al sentido de la familia y modificaciones sociológicas, las mejoras en el acceso a la información, a la cobertura y calidad del sistema de salud”.

Los efectos ya son visibles, por ejemplo, colegios con menos matrícula, salas de parto con menos demanda, universidades que ajustan cupos, y en el horizonte cercano, más adultos mayores que jóvenes activos en el mercado laboral. Barrera pide no leer eso como una tragedia inevitable.

“¿Se van a cerrar colegios? Sí. ¿Menos estudiantes en las universidades? Relativamente. ¿Menos salas de parto? Posiblemente. ¿Más adultos mayores que jóvenes trabajando? Relativamente. Ahora, la cuestión central no es saber la pregunta y la respuesta, sino pensar que la nueva realidad demográfica de Colombia y del mundo es algo natural de cambio en nuestro proceso de vida en sociedad. Y eso requiere hacer ajustes individuales y colectivos”.

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Hay menos camas para nacer

De manera paralela, Medellín enfrenta una crisis en la atención ginecobstétrica tras haber perdido 200 camas para partos en los últimos 15 años, dejando a la ciudad con solo 215 unidades disponibles frente a un déficit estimado de 100 camas según la Alcaldía. Este declive se ha acelerado con cierres parciales o totales en instituciones emblemáticas, la Clínica del Prado redujo su capacidad de 60 a 30 camas, mientras que centros como el San Vicente Fundación, la Clínica El Rosario (sede Centro) y Las Américas han clausurado definitivamente este servicio. Actualmente, la red pública sostiene la mayor carga con 111 camas (59 en el Hospital General y 52 en Metrosalud), mientras que en el sector privado la Clínica Bolivariana lidera la oferta con apenas 34 unidades.

Esta reducción responde a una compleja realidad financiera y demográfica, las EPS pagan entre $2 millones y $2.5 millones por parto, un monto insuficiente para cubrir los costos de especialistas, insumos y hospitalización, lo que genera una rentabilidad mínima o nula. A esto se suma una cartera morosa millonaria; por ejemplo, solo a la Clínica del Prado le adeudan $37.000 millones. Paralelamente, la natalidad en la ciudad ha caído drásticamente: de 38.825 nacimientos en 2010 se pasó a 28.217 en años recientes, una reducción de más de 10.000 bebés al año. Esta tendencia estructural, reflejada en una tasa de fecundidad que bajó de 1,5 a 1,1 hijos por mujer, sugiere que la demanda seguirá disminuyendo, aunque el déficit actual pone en riesgo la seguridad de las madres que aún requieren el servicio.

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La caída en la natalidad amenaza pensiones y empleo

En la actualidad hay un adulto mayor por cada seis personas en edad laboral. Para 2050, se proyecta que habrá solo dos trabajadores por cada adulto mayor, y para finales de siglo la relación podría ser de uno a uno, según la cuentas de Corficolombiana. Así el sistema empieza a mostrar fragilidades porque la gente cotiza menos.

Las estimaciones de Corficolombiana detallan que para el 2070 el país podría haber perdido 3,2 millones de empleos debido a la contracción de la población en edad de trabajar. Asimismo, los datos del Dane revelan que la participación laboral cae drásticamente cerca de la edad de retiro, mientras que entre los 36 y 40 años la tasa de participación es del 85%, baja al 63% entre los 56 y 60 años, calcula Corficolombiana.

A esto se suma que los trabajadores mayores tienden a laborar menos horas (43 semanales frente a las 46 de los jóvenes). Este desbalance podría restar hasta 1,8 puntos porcentuales al crecimiento del PIB hacia 2070, según Asofondos, el gremio de los fondos privados de pensiones.

A esta reducción de nacimientos se suma la precariedad del mercado laboral. Por ejemplo, de acuerdo con el Dane, más del 55% de la fuerza laboral trabaja en la informalidad, lo que significa que no aporta al sistema pensional. “El problema de la informalidad genera un doble vía. Hay una ausencia de cobertura y de protección para la persona que es informal y, al mismo tiempo, el sistema se desfinancia porque la persona informal deja de aportar al colectivo”, explica Sebastián Mejía, líder de Derecho Laboral y Seguridad Social de Scola Abogados.

Cuando a eso se suma la caída de nacimientos, el panorama se complica aún más. “Sin nueva juventud, sin una natalidad solvente a futuro, el sistema no va a tener de dónde alimentarse a través de jóvenes que esperaríamos que fueran formales”, dice Mejía, por eso agrega: “Ya tenemos un sistema muy desfinanciado que se alimenta en una gran porción de los impuestos, y eso tiende a dejar un panorama preocupante”.

Para entender por qué el sistema enciende las alertas, hay que entender cómo funciona. El 83% de los pensionados del país están a cargo de Colpensiones, que opera bajo un esquema de reparto. En términos sencillos, los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los jubilados de hoy. En este régimen no hay ahorro individual y la caja del presente costea la deuda del presente.

“Los sistemas de reparto son sistemas que se sostienen con base en la solidaridad intergeneracional. Con los aportes de los trabajadores actuales, los más jóvenes, se pagan los derechos de las cohortes generacionales mayores”, detalla Andrés Izquierdo, gerente de Integral Seguridad en Pensiones (ISP).

A renglón seguido sostiene que el modelo colombiano funciona mientras haya suficientes aportantes jóvenes para cada pensionado. Antes se estimaba que ese umbral era de siete u ocho trabajadores por jubilado, hoy hay cuatro y en 2050 podría haber uno.

“Asofondos (gremio de los fondos privados) reconoce que, sin reforma pensional, el 87% de sus pensionados en 2045 lo serán a cargo de ese fondo, y proyecciones del Ministerio de Hacienda y de ISP indican que esa cuenta podría agotar sus reservas antes de 2032”, señala Izquierdo.

La Ley 2381 de 2024, que es la reforma pensional que está suspendida por la Corte Constitucional, no mejoró ese diagnóstico. “No tuvo en cuenta el envejecimiento poblacional ni la drástica reducción de la natalidad. Con la nueva reforma pensional, el 100% de los colombianos van a tener alguna prestación a cargo de Colpensiones, lo que impacta directamente las finanzas de la Nación”, advierte Izquierdo.

No obstante, la caída de la natalidad no solo golpea las pensiones, sino a toda la economía. “Vamos a tener muchos adultos mayores, pocos jóvenes, van a cambiar las dinámicas de consumo, vamos a tener retos importantes en el mercado laboral”, alerta la directora Morad. Incluso, estima que, aunque en Colombia no se aumentó la edad de jubilación en al reciente reforma, “se va a extender la edad de retiro, no de manera reglamentada, sino por las mismas tendencias del mercado”.

¿Entonces la solución es subir la edad de pensión? Deivy Vega, magíster en Economía y Desarrollo y analista del sistema pensional, la ve con lógica y recuerda que la última vez que se actualizó fue con el Acto Legislativo 01 de 2005. “Más de 20 años después, el mercado colombiano y los trabajadores han cambiado. Es sensato subirla”. Pero advierte que una sola medida no resuelve el problema, es decir, “subir la edad o el porcentaje de cotización no va a acabar el déficit. Lo que haría es darle a los mercados y acreedores confianza de responsabilidad fiscal”.

Mejía añade otra arista al panorama y es la escasez de talento, porque no solo hay una disminución de nacimientos, sino también una tendencia por alejarse de las aulas y la profesionalización. “Ya hay distintas empresas e industrias que se deben estar haciendo preguntas sobre cómo conseguir el talento humano que necesitan”.

Para Mejía, el ajuste más urgente es reducir las barreras que mantienen a los trabajadores y empresas en la informalidad. “Se debe revisar la estructura de costos del empleo formal y los impulsos a la generación de empresa. En Colombia hay mucho ánimo para emprender, pero las barreras, costos y el entorno económico no parecen ser los más idóneos para abonar el crecimiento”.

Pese a que hay quienes cifras que concluyen que el sistema está condenado, Vega matiza esa lectura. “Llevamos décadas con déficit pensional y nunca se ha dejado de pagar una mesada pensional”, recuerda, pero aclara que una entidad pública no funciona igual que una empresa privada, es decir, no busca equilibrar una caja, busca garantizar un derecho constitucional.

El diagnóstico de los especialistas consultados converge en que el sistema pensional y laboral como está no aguanta. Por eso, para Izquierdo, la reforma debe ser profunda y urgente. Vega insiste en que la discusión no debe reducirse a una sola solución, “no se busca que el déficit fiscal llegue a cero. Lo que se busca es que sea manejable y genere confianza”.

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Infográfico

Antioquia se está quedando sin bebés, nacimientos cayeron 43%: ¿qué razones lo explican?

Uno de los factores que frenó parcialmente la caída de nacimientos en Colombia fue el flujo migratorio venezolano. La directora del Dane, Piedad Urdinola, explica que “la mayoría del influjo de migrantes venezolanos a Colombia se dio durante la década del 2010, con unos niveles que no fueron proyectados por ningún experto ni ningún demógrafo”.

Esos migrantes eran, en su mayoría, personas jóvenes, y llegaron con tasas de fecundidad superiores a las colombianas. “Vinieron a rejuvenecer la población colombiana. Esto lo que hace es alargar el bono demográfico”, dice Urdinola.

La directora del Dane añade que, entre más tiempo pasa desde su llegada, menor es la probabilidad de que esos migrantes regresen a Venezuela. “Estas personas que llegaron comienzan a tener ya una caracterización de residentes permanentes”. En ese orden, los migrantes permanentes tienden a adoptar, con el tiempo, los patrones de fecundidad del país receptor. Así las cosas, el efecto rejuvenecedor es transitorio.

Bajo este contexto, Natalia Durán Valbuena, gerente senior de Políticas en Innovations for Poverty Action (IPA), considera que la llegada masiva de venezolanos funcionó como un amortiguador demográfico porque fueron familias que cruzaron la frontera con niños, parejas jóvenes en edad reproductiva, personas que encontraron en Colombia un lugar para rehacer su vida y, en muchos casos, para tener hijos.

La experta expone que, entre enero de 2015 y marzo de 2025, exactamente 138.218 niños y niñas nacidos en Colombia de padres venezolanos obtuvieron la nacionalidad colombiana a través de la medida “Primero la Niñez”, un mecanismo del Estado para regularizar a hijos de madres venezolanas. Ese aporte fue real y concreto. Pero ese alivio se está acabando porque el flujo migratorio desde Venezuela se reduce.

Catalina Arenas-Ortiz, socia y directora de Equilibrium BDC con experiencia en migración, género y derechos humanos, identifica un fenómeno que debería encender alarmas, se trata del tránsito secundario. Son personas que llegaron a Colombia, que el Estado acompañó con recursos y atención, pero que no lograron consolidar un proyecto de vida aquí y decidieron volver a migrar. “Son oportunidades perdidas”, advierte Arenas.

Para Arenas, el mensaje es que la migración bien gestionada es una inversión, no un problema o una carga. Y los números la respaldan, la migración que gestiona Colombia es, en su mayoría, de personas en edad de trabajar, pero también de núcleos familiares con niños. Ese perfil tiene dos implicaciones, por un lado, adultos que hoy pueden cotizar al sistema pensional; y por otro lado, niños que en 20 o 30 años serán quienes soporten la jubilación de la generación actual.

El problema, anota la experta, es que los datos de la Planilla Integrada de Liquidación de Aportes (PILA) muestran que los niveles de cotización de esta población migrante todavía son bajos, y el potencial está ahí.

Además, según las expertas, hoy hay aproximadamente 600.000 niños y niñas migrantes en el sistema educativo colombiano. Pero, Arenas aclara que estos niños y niñas migrantes no completan la transición educativa hacia la universidad, ya que muchos se quedan con la secundaria o la media. “Esa falta de promesa puede hacer que esa familia entera se nos vaya”, advierte la experta.

En ese orden, Durán, desde IPA, pone el dedo en la llaga de la política pública al afirmar que Colombia gestionó la llegada masiva de venezolanos con instrumentos como el Permiso de Protección Temporal y “Primero la Niñez”, pero “sin una estrategia de largo plazo que trate la movilidad como un activo productivo y demográfico. Hoy, los caminos para regularizar a quienes ya están aquí siguen llenos de barreras”.

Colombia, a su juicio, es simultáneamente un país de acogida, un país de salida y un corredor de tránsito regional. “Pero pensar la política migratoria de manera integral también significa mirar la otra cara de la ecuación, los colombianos que se van. Muchos son jóvenes en edad productiva que no encontraron condiciones suficientes para quedarse, o para volver. Colombia necesita políticas más activas para facilitar el retorno de quienes quieran regresar y para atraer talento de distintas nacionalidades que pueda sumarse al mercado laboral”.

Tanto Arenas como Durán coinciden en que la gestión migratoria debe dejar de ser un asunto de gobierno y convertirse en política de Estado. Durán propone un Plan de Movilidad Humana que trate la migración, tanto la que entra como la que sale, como una variable estructural del desarrollo. “Un plan construido sobre datos rigurosos, con diagnósticos diferenciados por tipo de movilidad, con horizonte de mediano plazo y con el sector privado, los gobiernos territoriales y la sociedad civil como socios activos”.

Arenas complementa el diagnóstico con tres ejes concretos. Primero, política migratoria de largo aliento, que sobreviva los cambios de gobierno. Segundo, trabajo decente y formal para los migrantes, porque de nada sirve tener personas en el “rebusque” si no cotizan al sistema pensional. Y tercero, una oferta educativa real para los cientos de miles de niños migrantes que hoy están en las aulas colombianas.

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¿Por qué deciden no tener hijos?

Carlos Vasco, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad, identifica al menos cinco factores. El primero, los embarazos no deseados son cada vez menos. Las parejas planean, y cuando planean, muchas optan por uno o ningún hijo.

En un segundo lugar, Vasco afirma que el costo de tener hijos recae desproporcionadamente en las mujeres, es decir, cuando una mujer queda embarazada, entra en un período en el que no puede trabajar. Ese tiempo no solo implica perder ingresos hoy, sino quedar rezagada en experiencia y oportunidades de ascenso para siempre. “Al tener conciencia de eso, las mujeres optan por no tener la cantidad de hijos que tendrían hace algunos años”.

El tercer factor, según Vasco, está relacionado con las redes de apoyo familiar que se desgastaron. Antes, la abuela cuidaba al bebé mientras la mamá trabajaba, pero hoy los hogares son más pequeños, más solos. “Muchas parejas se dan cuenta de que los hogares son cada vez de menos personas, entonces no se tiene esa posibilidad”.

En cuarto momento, Vasco subraya que las mascotas están reemplazando a los hijos. “Muchas parejas deciden que en lugar de tener hijos, mejor tener mascotas”. Por último, Vasco asegura que la inseguridad y el pesimismo sobre el futuro pesan en la toma de decisión. “Si la percepción de las parejas es que vivimos en un país que es violento, que es inseguro, que no existen las suficientes oportunidades de empleo, pues como que el incentivo a ver que la familia crece podría ser un desincentivo bastante importante”.

En algo coinciden todos los analistas consultados en que la solución no pasa por convencer a los jóvenes de tener más hijos, sino en adaptar el Estado, la economía y las instituciones a la nueva realidad demográfica.

Para eso, Urdinola señala cuatro políticas públicas realizables: reducir el desempleo, subir los ingresos laborales, formalizar la economía del cuidado y promover el ahorro nacional. Sin ese ahorro, el país no podrá financiar el envejecimiento que ya está en marcha, recalca la directora.

En ese sentido, Juliana Morad, directora del Departamento de Derecho Laboral de la Pontificia Universidad Javeriana, considera que la solución no pasa solo por políticas de natalidad, sino por construir un sistema de cuidado que libere tiempo femenino. “El sistema de cuidado ayudaría a que las mujeres liberasen tiempo para trabajar y esto podría incentivar un crecimiento en la natalidad”.

Por eso, Jairo Restrepo, coordinador del Grupo de Economía de la Salud de la Universidad de Antioquia, recomienda que para afrontar la caída, Colombia necesita adaptarse a ella, por eso debe reformar el sistema de salud, repensar el financiamiento pensional, reconvertir infraestructura educativa y preparar políticas públicas para una sociedad que envejece más rápido de lo que cualquier gobierno ha planificado.

Y el economista Barrera lo expone así: “En este nuevo régimen demográfico es fundamental alinear todas las políticas públicas a la dinámica poblacional y establecer estrategias muy agresivas de fortalecimiento de competencias y habilidades desde la educación hacia el trabajo, con un enfoque radical hacia la productividad laboral”.

También los expertos consultados sugieren una ruta de adaptación llamada Economía Plateada (Silver Economy), que consiste en ver el envejecimiento como un nicho de innovación en salud, vivienda adaptada y servicios financieros.

Por ahora, como dice la directora del Dane, Colombia debe aprovechar el bono demográfico, en el que hay más personas en edad productiva que dependientes, una ventana para acumular riqueza, generar ahorro y prepararse para el envejecimiento.

Además: En Antioquia las mujeres ya no llegan ni a tener un hijo en promedio, esto dicen las cifras del Dane

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